viernes, 3 de septiembre de 2010

La Sangre de la Tierra

Prólogo

Su cuerpo desnudo, reflejando la luz de la luna en su piel pálida, recorría un sendero formado por su propio caminar, creando un gran surco en las aguas cristalinas que, poco a poco, iba desapareciendo. Sus pechos rosados en perfecta proporción, incitaban a deseos prohibidos mientras se sumergían, un deseo oscuro y tentador. Como sus ojos, grandes y verdes. Sobrenaturales. Unos ojos llenos de pasión y fuerza, de indescifrables intenciones y cierta picardía. Sus labios, igual de misteriosos, sonreían, a sabiendas de que era observada, pero sin parecer importarle lo más mínimo.
El joven acurrucado tras la roca no quiso salir, por miedo, por cobardía, o por otra cosa. Quiso quedarse ahí detrás, maravillado por la mágica noche y cultivando el deseo que sentía ante aquella dama.
La dama se sumergió por completo y, durante un instante así permaneció, hasta salir con brío, agitando sus cabellos plateados y sonriendo ampliamente.
El corazón del joven golpeaba su pecho con una fuerza atroz, casi temió por verlo salir. Sus ojos, como platos, sin embargo, no lo dejaban preocuparse de otra cosa que no fuera los rosados pezones de la dama del lago.
Acercate.
La voz sonó en su cabeza, acompañada del eco. Era dulce, deliciosa y atrayente. La mujer no había movido los labios, pero sabía perfectamente que era su voz.
No tengas miedo.
El joven dio un paso, agitando los arbustos que hasta hace un momento lo ocultaban. La dama lo miró, con esa mirada hipnotizante y esos labios en eterna sonrisa. Alzó su bello y esbelto brazo, haciendo caer las diminutas gotas teñidas de plata por la luz de la luna sobre las puras aguas, moviendo sus dedos, ordenándole, indicándole el camino hacia ella. El joven no dudo más de dos segundos. Se arranco la ropa y se introdujo en las frías aguas. Un hormigueo agradable recorrió todo su cuerpo, desde la punta de sus pies hasta la coronilla de la cabeza. Ella se le acerco. El jadeante no sabía que hacer con los brazos. Ella lo guío, le agarro sus manos y las coloco donde debía colocarlas. Sintió su suave piel, húmeda y electrizante. También sintió sus labios en su cuello, en su pecho, y en todo el resto del cuerpo. La lengua danzaba y un baile erótico que le poseyó por completo.
Su mente y sus sentidos se nublaron, dejando paso a la oleada de pasión y deseo que surgía desde su interior. El tiempo paso rápidamente y, más tarde, lo recordaría todo como una noche lejana y confusa, donde todo su ser se dejó llevar por el embriagador perfume de esa ninfa del lago. Sin poder ordenar los recuerdos, sin manera de estructurarlos en el tiempo y el espacio. Pero que tan solo por pensar en el momento, le invadía la más dolorosa nostalgia.
Despertó sobre una cama de hierbas, completamente desnudo y bajo la sombra de un roble. Podía ver el lago a unos metros delante suya, iluminado el cielo diurno en su superficie completamente calmada. No había rastro de la dama, y durante un momento pensó que fue un sueño. Pero en el fondo sabía, que tanto placer era imposible de simular con un estúpido sueño.
Se coloco sus ropajes, que descansaban en la orilla del lago, y se puso en camino, de vuelta a su hogar, no sin sentir una espada en su corazón por abandonar el objeto de su deseo desaparecido.

Parte 1: Guerra.

El silencio se hizo en la corte. Solo se podía oír el jadeo del caballero que cruzaba la sala y el golpeteo de la armadura contra el suelo y su propio cuerpo. Estaba manchado de sangre y de barro, lo que arranco expresiones de desprecio de la gran mayoría de los nobles que estaban en la sala. En su trono, el Rey jugueteaba con su barba castaña mientras miraba con ira al soldado que osaba interrumpir su gala.
- Más vale que tengas una excusa, soldado, para interrumpir de una manera tan despreciable mi reunión.
- Mi Rey... - El caballero se arrodillo, con ademán de sufrimiento. - Lo lamento mucho, pero son nuevas urgentes del sur.
El rey frunció el ceño.
- Habla. No me hagas perder más el tiempo.
- Se trata del río Alura, Majestad. Los rebeldes lo han atravesado.
Una oleada de murmullos recorrió la sala. Pero se detuvo inmediatamente después de que el Rey mirara en dirección a los nobles con su rostro severo.
- ¿Qué ha pasado con el Comandante Arthur y su ejercito? - El Rey mantuvo la compostura fenomenalmente. Era algo que había aprendido a hacer durante las ultimas semanas.
- Han sido arrasados, Majestad. - La voz del soldado sonaba quebrada y su mirada solo se atrevía a dirigirse al suelo.
El Rey no varió su carácter, salvo en el tembleque de su labio inferior. Miró a los miembros de la corte, que esperaban preocupados o, simplemente, no se habían enterado de nada.
- Esta reunión se da por finalizada.
Fue lo único que dijo. Después se levanto y abandono su trono con paso brioso y nervioso. El soldado observo su trayectoria sin saber muy bien que debía hacer.

Aspiró profundamente, llenando sus pulmones con el maravilloso olor a victoria: la sangre, los cadáveres putrefactos, el óxido de las armas y la humedad del entorno. Sus orejas puntiagudas se deleitaron con el sonido de los lamentos de los hombres y caballos, con el extraño silencio que se escondía tras ese murmullo, y con los pasos metálicos de cada soldado de sus tropas. Saboreo su propia sangre en sus labios, que caía desde la herida de su frente; y el sudor fruto de su esfuerzo y euforia en el campo de batalla. Se cautivo con el calor que sentían sus músculos cansados, con el frío acero de su armadura contra su piel y la pesadez de su espada en su mano derecha. Y por ultimo, disfrutó con la visión que le mostraban sus ojos verdes, con el sufrimiento de sus enemigos, hundidos en el río carmesí; con sus rostros de dolor y con la sangre que brotaba de sus espantosas heridas.
Un ser de aspecto humanoide, cubierto de una espesa mata de pelo y con prominentes colmillos que se escapan de su poderosa mandíbula, le arranco de la embriaguez de la batalla.
- Aluk`Dhar – Así le llamaban en su ejercito, Señor de la Guerra en la Lengua Antigua. Era una especie de saludo al dirigirse a él. - Aun quedan tropas humanas, se retaran hacia el norte. ¿Vamos tras ellas?
- No. - Sus ojos dejaron de brillar con el éxtasis de la batalla. La realidad le atrajo hacía sí de nuevo. - Dejales, que cuenten mi terrible poder. Sus relatos sembrara el miedo en el reino.
- Aluk`Dhar... - El extraño hombre-bestia se retiró, alejándose sin dar la espalda a su Señor de la Batalla.
Aquel llamado Aluk`Dhar por los no-humanos, acercó sus espada hacia la túnica teñida en sangre del cadáver de un soldado, limpiando su filo, que brilló al reflejar la luz del sol con un destello plateado. Seguidamente se puso en camino, hacia el grueso de sus tropas, que ensartaban y remataban a los moribundos. Pero una mano agarro su tobillo. Miró hacia abajo, con su penetrante mirada esmeralda, y vio a un hombre, sobre su propia sangre, que le miraba con dolor y odio.
- Demonio... - Murmuro el soldado. El joven comandante de los no-humanos le respondió penetrando su tórax con su espada, con tanta fuerza que atravesó su coraza y cuerpo, hasta quedar su rostro frente al suyo. Entonces sonrió y dijo:
- El demonio es el hombre.

Los rayos de sol se extinguieron tras los picos grises y afilados conocidos por los humanos como los Colmillos de Dragón, y bautizados en la Lengua Antigua como Ai Ein´Lashar, que podía significar las fauces o la mordedura de la tierra. La sombra de la noche, partiendo de allí, fue envolviendo toda la tierra hasta cubrir como una ola al ejercito que caminaba sin descanso. En un instante todo se ensombreció y las únicas luces de la noche fueron las rojas de los ojos de los soldados de Aluk´Dhar.
Cruzaron el río Nebruna y dejaron atrás los Colmillos del Dragón, adentrándose de lleno en la espesura del bosque que se extendía decenas de millas al este. El bosque encantado de Aishir, llamado maldito por los humanos y hogar por las bestias. Era el único lugar donde el ejercito de no-humanos podía dormir sin miedo a los humanos.
El ejercito acampó en la orilla del río, sin adentrarse demasiado en los terrenos prohibidos del bosque. El único ser vivo que lo hacía era Aluk´Dhar. Entre los suyos existía la leyenda de que había nacido de un árbol. Otros decían que la luna lo lanzó a las profundidades del bosque donde fue criado por una familia de lobos. Nadie sabía la verdad, y nadie estaba dispuesto a seguirlo al corazón del bosque a comprobarlo. Ninguno era tan estúpido.
Las luces rojas de las pupilas de cientos de criaturas desaparecieron a sus espaldas, y la oscuridad le envolvió por completo; quedo atrapado entre el abrazo sombrío de las ramas de los arboles, que se cerraban sobre su cabeza impidiéndole que contemplara el cielo. Si no fuera por sus ojos de animal y su capacidad sobrenatural de ver en la oscuridad, esta ruta que tantas veces había repetido no sería posible.
Hijo mio...
El susurro del bosque le hizo detenerse. Respiró hondo y agudizó sus oídos.
Hijo mío... ven aquí...
A su alrededor, extrañas flores comenzaban a brotar y a brillar con luces azules y rojas. En tan solo un instante, todo el bosque a su alrededor se cubrió de estas preciosas flores, iluminando todo su camino. Y frente a sí, cubierta con las más bellas, estaba ella. La belleza materializada en este mundo. Sus ojos grandes y verdes le miraban, penetrantes, escrutando sus deseos y sueños. Su largo cabello de plata reflejaba el arco iris de flores como un espejo y su piel desnuda, pálida como la noche, era como el fondo de un estanque de aguas cristalinas.
No paso ni dos segundos antes de que Aluk´Dhar, El Señor de la guerra, se arrodillara ante semejante belleza.
- Madre... - Dijo. Su voz ya no era la de un guerrero ni la de un demonio. Era la de un niño.
- Hijo mio... - La voz de la dama era una melodía perfecta, envidia de aves y objeto de deseo de hombres. - Mi Hirae e´nn Etta... Ven aquí, ven que te abrace.
Se acerco hacia él, con los brazos abiertos y con una gran sonrisa dibujada en su rostro. Sus ojos brillaban con el amor maternal, ademas de con su propia y perfecta belleza.
Cuando llego hasta él, todos sus temores y preocupaciones desaparecieron. La rabia, el dolor, la sed de sangre humana, todo se esfumo. Solo había calor y descanso.
- Tranquilo mi querido Hirae e´nn Etta... - Le susurro, sin dejar de abrazarlo. - Todo paso. Se que has sufrido mucho...
- Madre... -Reacciono por fin, el Señor de la Guerra. - He hecho lo que me pediste. Los he derrotado. He hecho que conozcan el infierno. Esos malditos humanos no volverán...
El joven levanto la mirada. Ella le acaricio el cabello.
- Me temo que si, hijo mio... si volverán...
La sorpresa hizo acto de presencia en el semblante del guerrero.
- Aun hay mucho que hacer. - Continuó la Dama del Bosque. - Los humanos son seres terribles. No descansaran hasta acabar con todos los hijos de la tierra.
- ¿Y qué debo de hacer madre?
- Vas a ir a sus hogares. Vas a quemar sus casas y violar sus mujeres. Vas a atravesar sus corazones y clavar sus cabezas en lanzas. Robaras sus niños y quemaras sus cosechas. Les vas a mostrar el verdadero infierno.
El joven se incorporo y su mirada cambio de nuevo. Volvieron los ojos del guerrero. La mirada salvaje de ojos verdes.
- Madre... su sangre teñirá la tierra.
Una preciosa sonrisa se formo en su boca, sus manos tocaron la cara de su hijo y susurro:
- Lo se hijo, lo se...
Se despidió de su guerrero con un beso en su frente y una bendición.

Las murallas de más de tres metros de altura se alzaban frente a Arzjah, que miraba con sus ojos azules las almenas, ocultos bajo la sombra de su capucha. Un soldado de armadura brillante y yelmo adornado con plumas de un halcón se asomó y gritó:
- Quién va.
- Arzjah. Hechicero de las Montañas Heladas. Su Majestad me ha convocado.
Su voz se extendía por el viento como un susurro que buscaba de cualquier modo la forma de llegar a los oídos de todo el mundo.
El guerrero le miró con desconfianza, un par de soldados más se le acercaron e intercambiaron susurros inaudibles para el hechicero. Finalmente, el guerrero de yelmo de plumas de halcón ordenó:
- ¡Abrid las puertas!
Y estas se abrieron.
Atravesó la ciudad reparando en todos los detalles. Siguió una ruta que llevaba desde las casuchas de los campesinos, pegadas a la muralla; hasta el barrio rico, pasando por el mercado y el distrito militar. Todo para finalmente llegar a la zona de palacio: en el centro del feudo, protegida por otra gran muralla. Allí tuvo que identificarse de nuevo para que le dejaran pasar, pero esta vez le hicieron esperar aun más.
Finalmente un hombre de armadura roja salió a recibirle. Su rostro, curtido por la experiencia de mil batallas, mostraba una expresión adusta y desconfiada. Con un ojo medio cerrado por el sol que le daba de cara exigió:
- Quien eres.
- Por tercera vez hoy, soy Arzjah, hechicero de...
- Un brujo. - El soldado le interrumpió sin ningún tipo de consideración.
Arzjah tragó saliva y achico sus pupilas, escrutando el rostro de su interlocutor.
- Nosotros, preferimos llamarnos Hechiceros.
El soldado escupió al suelo y lazó una fea maldición en el dialecto del sur.
- No se que diablos estará pensando nuestra Alteza, pero pasa. No te despegues de mi ni un segundo, te tengo vigilado.
El Hechicero asintió con la cabeza y siguió al malhumorado soldado hacia el interior del palacio, atravesando así la última muralla.

Frente a él, junto a su Comandante, estaba el Brujo Arzjah. Con aspecto de humano. Su rostro no se dirigía hacia el suelo como todos sus súbditos, él no debía idolatría a nadie. Le miraba directamente, con esos ojos de un azul sobrenatural capaces de ver los pensamientos. En cuanto a sus ropas, vestía como un mendigo: una túnica andrajosa que cubría prácticamente la totalidad de su cuerpo, con un capucha que ocultaba su rostro cuando era necesario. Ahora se podía ver perfectamente y era extraordinariamente joven.
- Encantado de conocerle, Su Majestad. - Sus palabras llegaron a sus oídos como una brisa, acompañadas por una referencia al borde de la parodia.
El Rey no habló inmediatamente, sino que siguió manteniendo su mirada, forzando su ser a no sentir ninguna clase de miedo o curiosidad.
- Arzjah, El Hechicero. - Dijo al fin. - Te has retrasado.
- Os ruego que aceptéis mis disculpas, Mi Rey, pero he llegado lo más rápido que permitían mis pies. Yo no poseo veloces sementales como tus caballeros para moverme de un lado a otro del reino.
- ¿No tienes otras artes con las que desplazarte, brujo? - Ironizó el Comandante, que aun seguía observando al invitado, con su mano reposando en todo momento en la espada de su cinturón.
- ¡Galard! - Exclamó el Rey con voz autoritaria – El Hechicero es nuestro invitado, muestra un poco de cortesía.
Pese a sus palabras, se sentía igual de intimidado que su comandante. Pero debía comportarse con autoridad y seguridad, atributos que había aprendido a mostrar en sus 10 años de mandato.
- Lo siento, Majestad. - Se disculpó el soldado, con una reverencia.
- ¿Sabe para que le he llamado, Arzjah? - Le preguntó sin más dilación y conversaciones absurdas.
- Bueno, observando las estrellas... la posición de los astros... - El brujo comenzó a conjeturar y ha realizar cálculos mentales. - Diría que los espíritus del bosque se han despertado.
- ¿Y?
- Pues que, muy probablemente, se dirijan contra vosotros, los humanos
- ¿Has tenido tratos con esos monstruos? - Acusó el Rey. - Sino, no me explico tu conocimiento sobre dicha información.
- No me malinterprete, mis artes me permiten saber esto y mucho mas con solo mirar el cielo...
- El ejercito de no-humanos cruzó hace poco las montañas heladas, en dirección al reino. - Añadió el comandante. - Debe de haberlo visto. Un ejercito tan numerosos no pasa desapercibido. Incluso observando desde la lejanía es posible contemplar la humareda levantadas por sus pasos y escuchar el sonido de sus cuernos de guerra.
- Veo que su rango de Comandante no es de casualidad. - Continuó el brujo, mirando al soldado. - Mi Rey, tiene razón. He podido ver su ejercito y se dirigen hacia aquí.
Se hizo el silencio en la sala durante unos segundos, en los que el Rey miraba hacia las musarañas y arrugaba la frente.
- Aun lo has respondido a mi pregunta. - Dijo al fin.
El brujo sonrío.
- Supongo, que al final el hombre ha comprendido que no puede hacer frente a todo con armas convencionales.
- ¡Deja de desvariar, Hechicero! - Esta vez el comandante se tomo la molestia de no utilizar la palabra “brujo”.
- Muy bien, iré directo al grano, si no me equivoco necesitáis mis artes para hacer frente a tales criaturas del bosque, ¿No es así? Vuestros filos no cortan sus carnes, vuestras flechas no atraviesan sus armaduras y vuestros soldados carecen de valor para hacer frente a monstruos que le duplican el tamaño.
- Entonces – Habló el Rey, sin variar ni un ápice su expresión. - ¿Debo suponer, que al acudir a nuestra llamada, aceptas ayudarnos?
- Siempre sujeto a un determinado precio.
- Porque no me sorprende. - Interrumpió una vez más con su particular ironía el comandante, siendo ignorado por el bien de una reunión sin incidentes.
- ¿Y de que precio estamos hablando?
- Tan solo os pido, un lugar en la Corte.

- ¿Plata? - El herrero Brom, en sus 30 años de oficio no había escuchado nada igual. Había dejado de enfriar un decena de espadas para centrarse en las nuevas. - ¿El Rey quiere qué forjemos armas de plata?
- Y no solo eso. - Rodrick, su socio y amigo desde que empezaron forjando herraduras, estaba igual de consternado. Su rostro sudoroso reflejaba el drástico cambio de temperatura sufrido tras entrar en la forja. - También quiere que utilicemos las antiguas armas de hierro. Plata y hierro para esos condenados monstruos.
- ¿En qué coño esta pensando nuestra alteza? - Maldijo el herrero, algo que solo se atrevía hacer a solas. - ¿También a él le han lavado el cerebro con esos estúpidos cuentos de hadas?
Hicieron una pausa mientras Brom acababa las espadas que quedaban. Rodrick, mientras tanto, se deshacía de su túnica de seda y la sustituía por la tradicional vestimenta de herrero: dura y áspera a la vez que cómoda y familiar.
- Digo, dicen que ha mandado a llamar a un Brujero de esos de las montañas. Que ha venido con toda su hueste de enanos y quimeras.
- ¡Maldita sea, Rodrick! Parece mentira que aun creas en quimeras. Habrá venido con sus enanos, que no son más que humanos hechizados.
- Yo solo cuento lo que a mis oídos a llegado. Pero bueno, eso a nosotros ni nos interesa ni nos afecta. Lo que nos afecta son el hierro y la plata.
Ambos herreros se encaminarnos fuera del calor, hacía la recepción de su establecimiento.
- Entonces no se hable más – Finalizó Brom - son ordenes del Rey, que corra la voz y que cada herrería de la maldita ciudad se ponga a forjar plata y a buscar armas antiguas. ¿Cuanto tiempo tenemos?
- A lo mucho me temo que un mes.
-¡La ostia que nos parió! ¡Creerá nuestra alteza que somos como esos brujos de los cuentos!

Parte 2: Calma.

La luna brillaba alta en el cielo. A su alrededor, las estrellas eran eclipsadas por su potente resplandor. Los ojos de Aluk`Dhar reflejaban el cielo como dos enormes esmeraldas, mirando sin parpadear por encima de las tiendas del campamento, de las copas de los arboles y de las montañas que los reguardaban. Sin embargo, sus ojos se elevaban aun más arriba, alejándose de lo terrenal para sumirse en ideales espirituales y visionarios. Contemplaba un mundo nuevo, forjado a partir del dolor y el sufrimiento, pero que solo constituía los pilares enterrados de un mundo mejor. Un mundo en comunión con la naturaleza donde la intolerancia no tiene cabida. Un mundo soñado por todo los suyos. Un mundo sin humanos.
- ¡Intruso! - El grito gutural de uno de sus hombres lo arrancó de sus sueños en vigilia. Inmediatamente entro en su tienda, agarro su espada y se encaminó con la velocidad de una gacela hacia el origen del grito de advertencia. Caminó varios metros entre las tiendas de su ejercito hasta llegar a un pequeño llano entre tanta tela de tiendas. Allí, junto a un carromato con armas, rodeado de hombres bestias, elfos y enanos, yacía un único humano; con la armadura de hierro ensangrentada y el rostro esculpido en el miedo. Uno de sus hombres, un elfo de cabellos plateados, amenazaba al intruso con una daga de extraordinaria manifactura, cuyo filo acariciaba su cuello y, con toda seguridad, le producía escalofríos de inframundo.
Todos miraron a Aluk`Dhar, que había aminorado la marcha, pero que seguía caminando hacia el humano. Sus ojos sobrenaturales acusaban con aires de Juez y Verdugo al enemigo, que no pudo mantener su mirada durante más de tres segundos.
- Aluk`Dhar... - Saludó el elfo sin apartar la daga del cuello del intruso. El resto de sus soldados también le saludaron, y algunos hasta se arrodillaron.
- Hemos encontrado a este Skrhas`hass junto con su manada. - Comentó uno de los hombres bestias sin disimular su acento ininteligible para la mayoría de las razas. - Hemos matado a casi todos, pero me temo que uno a escapado.
Emitió un gruñido y escupió al suelo, muy cerca del prisionero.
- ¿Donde? ¿Hace cuanto? - Exigió saber su Señor de la Guerra.
- A unas 20 millas de aquí, Hurrukk. - Su última palabra parecía más un gruñido que una palabra. Nadie pareció entender su significado. Nadie excepto Aluk`Dhar.
- Putas bestias inhumanas... - balbuceó el humano. Poco a poco se iban consagrando toda clase de no-humanos alrededor. - No tenéis nada que hacer contra el reino... ¡Arderéis en las llamas de nuestros...
Sus palabras fueron interrumpidas por el amenazante elfo, que estampó su cara contra la tierra.
- Sigue hablando y tu muerte sera más dolorosa aun.
- Tranquilo Elehar. Sus amenazas no pueden impedir que consigamos nuestro objetivo. - El Señor de la Guerra hablaba con la serenidad de un líder.
Se acercó aun más al humano, aparto con un gesto al elfo llamado Elehar y levantó la cabeza de su enemigo. Este estaba de rodillas y sus ojos se llenaron del valor suficiente para mantener su mirada. La nariz y las encías le sangraban, pero lejos de parecer débil le hacía aun más fuerte. Aluk`Dhar quedó intrigado por la fuerza inherente y espontanea del humano.
- Os estamos esperando. - Le dijo y dijo por última vez.
Pues inmediatamente, Aluk`Dhar arrancó su propia daga elfica de su vaina y le rebanó el cuello. El humano carraspeó e intento gritar, pero de su boca solo expulsaba sangre. Permaneció en equilibro un instante, muriendo lentamente y derramando la sangre sobre su cuerpo y sobre la tierra. Y en un último momento desafiante intento abalanzarse con sus manos ensangrentadas sobre él. Pero fue inútil, tan solo le hicieron falta dos pasos hacia atrás para evitar su agarre. El humano cayó muerto pocos centímetros de sus pies.
Para entonces había una gran muchedumbre contemplando el espectáculo. Su líder limpió la daga en las ropas del humano y levantó la cabeza para mirarles a todos. Solo espero unos segundos para declarar:
- Atacaremos esta noche.
La única respuesta fue un rugido colectivo amenazante y ensordecedor.

La gran puerta de la muralla principal se abrió. Luego le siguió las pequeñas puertas de la ciudad, que dificultaban el asedio. Después fue el gran portón de palacio. Y por último el pórtico que conducía a la sala de trono.
- ¡Mi señor! - Un soldado, sudoroso y jadeante, con su coraza teñida con sangre; entro a toda velocidad, interrumpiendo la reunión del Rey con los generales. - ¡Mi señor!
Galard con su flamante armadura dorada fue el primero en acercarse al soldado. El Rey y el resto de generales se limitaron a observar desde la mesa donde estaban dispuestos la representación de ambos ejércitos.
- Respira, soldado. Cuéntanos que has visto. - Le dijo amablemente, sin dejar notar el miedo en sus palabras. Conocía al soldado, se trataba de un miembro del pelotón de reconocimiento que había mandado horas atrás.
- Los no-humanos... - Apenas podía articular palabra. Intercalaba continuamente con jadeos de cansancio y dolor. - Ellos.. ellos...
Galard consoló al humano con su mano, que apretada firmemente su hombro. Esto pareció relajarle y se dedico un tiempo para respirar. Sus siguientes palabras fueron destinadas directamente al rey.
- Están más cerca de lo que creíamos, Alteza.
El labio del Rey tembló. Un general de bigote frondoso cambio su rostro noble por un semblante de puro miedo. Un joven rubio de mirada decidida sonrió con malicia. Un viejo canoso no reacciono en absoluto. Galard siguió hablando:
- ¿Donde los has visto?
- Al este mi señor, a la otra orilla del lago de las Sirenas.
- Buen trabajo soldado, haz que corra la voz, que se preparen las defensas del castillo.
El soldado se alejo de la sala con veloces zancadas, cerrando las puertas tras sí y dejando solos al Rey con sus generales.
- Mi Rey... ¿Qué haremos? - Preguntó Galard una vez estuvieron todos sentados frente a la mesa de tácticas.
El rey permaneció en silencio un largo rato. Sus ojos miraban la mesa, tratando de visualizar y dar vida a las figurillas de hierro y a los paisajes de madera.
- ¿No es obvio? - Comentó el joven general rubio. - Tenemos que interceptarles, para cuando lleguen a la ciudad sus fuerzas estarán dispersas. Nuestras defensas acabaran con ellos.
- Con eso solo conseguiremos perder fuerzas. - Opinó el anciano.
- Sin sacrificio no hay beneficio.
- Sir. Beniehrt tiene razón. - Dijo el general bigotudo. - Lo mejor sera resguardarnos ante nuestras murallas. Nunca podrán mantener el asedio lo suficiente. Ya nos ha funcionado anteriormente.
- No eres más que un cobarde, Anthon. - Insultó el joven rubio.
- Y tu un crío temerario.
- ¡Silencio! - Gritó con fuerza Galard. - El Rey tiene la última palabra.
Todos dejaron de discutir y dirigieron sus ojos al rostro pensativo del Rey.
- Las tropas se quedaran aquí. - Dijo por fin. El comandante joven dio un disimulado suspiro de incredulidad, sus compañeros, por el contrario, sonrieron satisfactoriamente. Galard fue el único que permaneció serio. - Iniciar los preparativos. Tu, Galard, ve en busca del brujo.
Esta vez Galard si se permitió una expresión desagradable tras oír la palabra “brujo” como si tan solo su nombramiento le hiciera recordar de una pasada todas las terribles leyendas y mitos.
- Como ordenéis.
Todos los comandantes se fueron, dejando al Rey solo frente a la maqueta. Visualizando, Creando. En su mente la batalla ya había sucedido un millar de veces.
No era el único. El Comandante Galard también era famoso por su habilidad táctica, y tenia la costumbre de repasar todas las posibilidades en todo momento. Mientras hablaba con el Rey su privilegiada mente ya había elaborado una decena de tácticas. Había luchado contra los no-humanos durante 10 años, allá cuando empezó “la limpieza” y, desde entonces, había visto toda clase de bestias y sabia muy bien cuales eran sus habilidades.
Incluso, en ese mismo instante, cuando subía las escalaras y atravesaba los pasillos en dirección a los aposentos del hechicero, manejaba numerosas estrategias. Y ninguna de ellas incluía los planes que había traído el brujo consigo.
Por desgracia, el Rey no opinaba lo mismo.
Sus nudillos chocaron contra la madera de la puerta, produciendo un sonido sordo y seco. El Brujo tardaba demasiado, por lo que tuvo que insistir. Su puño chocaba enérgicamente contra la puerta exigiendo alguna respuesta. Se oyeron sonidos metálicos y algo que burbujeaba, hasta que finalmente la puerta se abrió. Al otro lado, el hechicero, lucia exactamente igual que siempre: túnica negra de mendigo y una sonrisa desconcertante. Sus ojos azules parecían más claros que nunca. A su espalda no se podía ver nada, pero a Galard pareció llegarle el olor del azufre.
- Sir. Galard – Saludó. - Lamento la tardanza, estaba ultimando algunos preparativos para la inminente batalla.
- ¿Ya os habéis enterado? - Preguntó, incrédulo, el caballero.
- Por supuesto, ¿Qué clase de mago seria si no lo supiera? Me gusta presumir de que tengo mis propios métodos para manejar la información.
- Debería haberlo imaginado. Muy bien, entonces ya sabes lo que tienes que hacer, no pierdas más el tiempo.
- Para nada, eso es lo último que haría, no quiero decepcionar a mi Rey.
Galard intentó asomarse al laboratorio del Hechicero antes de marcharse. Sin embargo, este se lo impidió.
- Necesitare algunos hombres para que lleven la mercancía a las almenas.
El caballero lo dejo de intentar.
- Esta bien, te mandare a algunos soldados. - Se dispuso a marcharse finalmente.
- Y, por favor, advierte que se trata de material delicado, no quiero que halla que lamentar ningún... incidente.

Parte 3: Tempestad.

El cielo aun seguía oscuro. La única iluminación que había era la de la propia luna, que marcaba el camino como un sendero hacia el destino. Un destino que brillaba con el fuego de las antorchas, creando sombras grotescas de las almas de los hombres sobre la superficie de piedra del castillo que creían que les protegía.
Las fuerzas de Aluk`Dhar se encontraban frente a la capital humana. Caminando en silencio, como un ejercito de las sombras, preparados para ser blanco de las flechas humanas. Tras las paredes del castillo y sobre las almenas los hombres también estaban preparados. Algunos empuñaban arcos y flechas, listos para disparar cuando se diera la orden. Otros solo tenían que lanzar unos pequeños frascos de líquido carmesí cuando los no-humanos estuvieran bajo los muros. Nadie sabia de que se trataba, pero muchos sospechaban correctamente que eran artilugios de brujería del hechicero mendigo llamado Arzjah. Al igual que las espadas de hierro y plata que portaban los guardias. La desconfianza se palpaba en sus corazones, pero todo era necesario para hacer frente a las hordas de las bestias.
El ejercito de Aluk`Dhar no disponía de armas de plata o frascos de fuego. Ni siquiera llevaban estructuras de asedio o catapultas. Su fuerza residía en sus soldados: hombres bestias capaces de destrozar una armadura de un mordisco, elfos con vista de halcón, capaces de colocar una flecha entre ceja y ceja a millas de distancia; seres ágiles como arañas, que escalan las paredes de una muralla como si fuera una escalera... todo eso y Aluk`Dhar. Su carismático líder organizaba tal diversidad de especies, muchas veces enfrentadas entre sí. Sus palabras llegaban a todos los individuos por igual y encendía las llamas de sus almas, sincronizándose con la suya propia por una causa común: el odio hacia los humanos.
El ejercito del Señor de la Guerra se detuvo durante un momento. Aluk`Dhar dio un paso al frente, con su rápido corcel, y encaró a todas sus fuerzas. Sus ojos verdes antinaturales brillaban con la luz de la luna. Permaneció en silencio mirando a los ojos de sus soldados.
- Todos hemos esperado con ansia este momento. - Gritó, finalmente, para que todas y cada una de las razas que componía su ejercito escuchara sus palabras. - Hemos soñado con el. Hemos temido su llegada y amando un posible resultado favorecedor. Y ahora, aquí estamos. De nada sirve soñar o temer, con la capital de los hombres frente a los ojos pensar es inútil. Ha llegado la hora de actuar, ha llegado la hora de devolverles el golpe. Hace ya diez años que sus inquisidores nos azotaron con su guerra intolerante hacia los que somos diferentes. Después de aguantar que invadieran nuestros bosques y nuestras montañas, después de arrebatarnos nuestras ciudades; pretendían arrebatarnos lo único que nos pertenece realmente: nuestras vidas.
Muchos de los soldados vitorearon y asintieron, levantaron sus lanzas y gruñeron.
- Sin embargo, no contaban con nuestra unión. No supieron ver que todos somos hijos de la Madre Tierra, y que ahora, somos parte de una misma unidad. Nuestra fuerza conjunta es indestructible. La cooperación de todas las razas nos hace invencible. Os lo he demostrado... no tenemos nada que temer.
En ese instante alzó con su mano derecha la la cabeza del general humano que habían vencido en su última batalla. El ejercito gritó y rugió con ferocidad. Su señor de la guerra dio media vuelta con su semental y mostró la cabeza putrefacta a las almenas de la ciudad feudal.
- ¡Esto es lo que les espera a todos los humanos! - Cada frase suya, era respondida con un ensordecedor grito multiracial. - ¡Alzaremos sus cabezas con nuestras lanzas! ¡Colgaremos a sus mujeres para que se las coman los cuervos¡ ¡Quemaremos sus iglesias y decapitaremos a sus falsos Dioses! ¡AJUSTIAREMOS A SU COBARDE REY POR SUS PECADOS A LA TIERRA!
El último grito se mezclo con el galope de los caballos. Con el entrechocar de las espadas contra los escudos. Con el tensar de los arcos y el rugido de las bestias. Todos cargaron contra la capital de los humanos.
Las flechas volaron. Atravesaron la oscura noche sin estrellas, oscureciendo la luz de la luna. Muchas de ellas estaban prendidas con fuego, para dañar la carne de las bestias con mayor efectividad. Cayeron sobre ellos como una lluvia de cuchillas. Aluk`Dhar frente a su ejercito, detuvo los proyectiles dirigidos hacía él con su escudo. Algunos de sus soldados no tuvieron tanta suerte, y fueron sometidos al frío hierro y la brillante plata de la punta de las flechas. Sus cuerpos se quemaban con el contacto y hacían hervir la sangre que derramaban. El señor de la guerra disimulo su impresión cuando arrancó una flecha de su montura que brillaba con el color de la plata. Dejó que sus fuerzas le adelantaran y chocaran contra la densa muralla humana. Mientras tanto, después de abandonar a su semental herido, corrió hacia la batalla con su arco en mano, disparando flechas contra los humanos de las almenas, demostrando una increíble puntería.
Elehar disparaba desde su caballo a galope, sin perder el equilibrio en ningún instante. Los hombres caían ante sus flechas como si fueran la mismísima guadaña de la Muerte, incluso agarró una flecha en el aire, para disparar justo después. Avanzó entre la muchedumbre hasta llegar junto a la muralla, donde comenzó a dar ordenes en la lengua antigua, para que escalaran la muralla. Unos extraños humanoides grises de miembros lánguidos y alargados respondieron al mensaje y reptaron por la pared como si fuera el propio suelo. Sin embargo su avance fue detenido por una brillante ola de fuego. Sus cuerpos ardieron dentro de las armaduras como si estuviera dentro de un horno y cayeron como grandes proyectiles de fuego contra el resto sus aliados.
- ¡Atrás! ¡Cuidado! - Advirtió, pero fue demasiado tarde, las llamaradas que caían desde todos los puntos de la muralla acabaron con todos aquellos que se atrevieron a escalar. Esto le hizo bajar la guardia, y antes de que se diera cuenta, una bola de color carmesí se dirigía hacia el. No podía hacer nada, estaba demasiado cerca. Puso sus manos delante de la cara, esperando recibir el menor daño posible; y cerró los ojos esperando sentir el abrazador fuego. No sintió nada. Abrió y pudo ver la figura de Aluk`Dhar, su líder y amigo. Se había hecho con otro caballo, el cual montaba, y estaba completamente girado hacía él, cubriéndose del fuego con su escudo. Su rostro sonreía con el fragor de la batalla. Elehar quedó anonadado, dada la situación, le parecía extraño la sonrisa de su señor.
- ¡No retrocedáis! - Ordenó el señor de la guerra con su voz poderosa y feroz. Había bajado el escudo, que aun estaba ardiendo, lo que le daba una imagen aun más temible. Sus palabras motivaron a su ejercito, que a pesar de las olas de fuego, arremetían contra la muralla como una estampida. Sin embargo, no sería suficiente, y lo sabía, así que bajo la atenta mirada de su comandante y su tropa, Aluk`Dhar se lanzó contra la dura roca, atravesando su superficie con su espada como si fuera mantequilla.
- ¡Cubrir a Aluk`Dhar! - Ordenó Elehar. - ¡No dejéis de disparar!
Le hicieron caso, y mientras su señor escalaba utilizando su espada como apoyo, sus arqueros disparaban a todo humano que intentara detener su ataque con flechas o bolas de fuego. De esta manera logró llegar a lo alto de la muralla, donde fue directamente atacado por los soldados enemigos ingenuos, que pronto pudieron comprobar el alcance de la fuerza de Aluk`Dhar.
Los pocos que le alcanzaron sin ser derribados por las flechas de los no-humanos, se enfrentaron a las dos dagas élficas que desenfundó con velocidad. El primero fue lanzado al suelo mediante un corte en la corva, para poco después ser atravesado directamente por la cavidad ocular. El segundo que se lanzaba con su mandoble, fue cortado varias veces mientras su ataque era esquivado, finalizando con su vida al rebanarle el cuello desde su espalda, con ambas dagas cruzadas.
- ¡Aluk`Dhar! - Le advirtió uno de sus hombres bestias con un rugido. Aunque no era necesario, ya había visto la bola carmesí que volaba hacia él. La detuvo con su escudo, que aun brillaba con las llamas de la anterior bola de fuego; y comprendiendo que le quedaba poco antes de quemarse completamente, lo lanzó como un disco a uno de sus enemigos, impactando en el cinturón de frascos. Como consecuencia, explotó en una llamarada dorada que provocó un beneficioso efecto en cadena. Aprovechando el caos de la superficie de la muralla, su ejercito ganó terreno y pronto atravesaron la primera defensa, rumbo al barrio campesino de la ciudad feudal. Los soldados enemigos supervivientes fueron retrocediendo, utilizando las casas campesinas como refugios.
- ¡Su espada, señor! - Elehar apareció junto a él, aun sobre la muralla. Estaba rematando algunos cuerpos carbonizados que aun tenían fuerzas para respirar. Agarró su extraordinaria espada y ensartó a otro moribundo humano.
- Quemad todas las casas de camino al palacio. - Le ordenó. - Toma esto , lo utilizaremos contra ellos.
Extendió su mano con un cinturón de frascos rojos. Elehar lo agarró con sumo cuidado y se lo colgó sobre su cintura.
- Como ordenes, Aluk`Dhar. - Le contestó el elfo. Entonces recordó algo que debía advertirle. - Por cierto, los humanos portan armas de hierro y plata, creí que debería saberlo.
- Ya lo sabia, puedo olerlo.
- Lo siento, señor, no quería subestimar su fuerza.
- Basta ya de cháchara, sigamos avanzando, aun quedan soldados por las calles, tenemos que evitar que se reagrupen en la segunda muralla.
- ¿Cree usted que dejaran atrás esta parte de la ciudad sin luchar?
- Los humanos son cobardes y traicioneros, sacrificaran la parte pobre para salvaguardar sus bienes en el barrio rico. Aprovecharemos esta debilidad.

- Mi Rey, el enemigo se dirige directamente hacía aquí... - Un soldado de espalda ancha, con su rostro cortado y ensangrentado, se dirigió a la mesa de de generales. A su espalda había dejado un rastro de huellas de barro por el lujoso suelo real hacia el trono.
- ¿Han atravesado todas las murallas de la ciudad? - Preguntó Anthon mientras jugaba nerviosamente con su largo bigote.
El soldado asintió, serio.
Los generales se miraron entre sí. El Rey, sin embargo, permaneció sereno, ocultando su boca con los dedos entrelazados frente a sus ojos.
- ¿Y Galard? - Preguntó finalmente.
- No sabemos nada de él, señor....
Se pudo oír una maldición malsonante y silenciosa de alguno de los generales.
- ¿Que debemos hacer? - Preguntó el soldado, al cabo de un rato.
El Rey se levantó de repente.
- Atacad con todo, evitar que lleguen al palacio.
- Si, Alteza. - El soldado se arrodilló, mientras su Rey le pasaba de largo, andando en dirección a las escaleras. Todos se extrañaron pero nadie se atrevió a decir nada.
Subió las escaleras con paso ligero. Los soldados y sirvientes se aparataban de su camino y le saludaban al pasar, pero este lo les hacia el menor caso.
Llegó a los aposentos del brujo y derribó la puerta con un puntapié. Al otra lado se encontró con el hechicero Arzjah, naturalmente, sentado sobre una viaje silla de madera, con un grueso libro en sus piernas que observaba con interés.
- Saludos, Alteza. - Le recibió sin apartar los ojos del manuscrito.
El rey arrancó el libro de su regazo y lo lanzó contra el suelo con contundencia.
- Vaya, parece que no esta contento con el rumbo de la batalla.
- Déjese de tonterías, brujo. Más vale que haga algo si quiere el lugar en la corte que le prometí.
- ¿Qué haga algo? Pero si ya lo he hecho, mande a sus hombres forjar armas de plata y recuperar las de hierro. Les entregue a sus químicos la recetas de las bolas de fuego. Os informe de todas sus debilidades...
- No me tome por tonto, Brujo. - El Rey le interrumpió y agarró su solapa con fuerza. - Seguro que tiene algo mejor.
- Señor, le he mostrado todo lo que tengo.
- ¿Otra vez me toma por tonto? Vamos, un hechicero no se gana la fama de brujo conociendo la receta de las bolas de fuego.
El Rey le soltó y caminó de nuevo a las escaleras.
- Si quieres su lugar en la nobleza, sera mejor que haga algo antes de que lleguen al palacio. Si no lo hace, moriremos todos.
Y se marchó, cerrando la puerta con un portazo.
El brujo se quedó sentado, dibujando poco a poco una macabra sonrisa en su rostro. Mientras tanto, alrededor de su cuerpo, las sombras se empezaban a concentrar, manifestándose en el mundo físico, como tentáculos de densa oscuridad.

Imparables. Devastaban todo a su paso, como los mismísimos jinetes del Apocalipsis. Galard retrocedía sin poder hacer nada por evitarlo. La espada de plata que había mandado forjar cortaba como ningún otra, pero las armas naturales que el Diablo les había dado a esas criaturas eran instrumentos del mal, que desgarraban la carne y arrancaban las entrañas. Su armadura dorada, antes brillante, estaba manchada con la sangre de sus enemigos y de sus amigos que caían frente a sus ojos. Poco a poco, se acercaban a la última muralla, que protegía el palacio y a toda la plebe (y nobleza, por supuesto) que se pudo resguardar. Pero de nada servía esta protección si lograban atravesar su defensas. Así que, solo había una solución posible. Como sus tropas no podían hacer nada contra un ejercito tan grande y terrible, la única esperanza residía en matar a su líder. Aquel que llamaban Aluk`Dhar.
Es un demonio Pensaba Galard mientras observaba a lo lejos como decapitaba a hombres con sus espadas. Son como prolongaciones de su cuerpo,¿Qué puedo hacer contra algo así? Poco a poco se acercaba hasta su posición, avanzando frente a su ejercito, escoltado siempre por un sanguinario elfo. No. No puedo rendirme. Tiene que haber alguna manera de cogerle con la guardia baja. Observó a si alrededor, buscando algo que pudiera usar, hasta que sus ojos se detuvieron en la pared del arco que atravesaba la muralla que apunto estaba de atravesar. Estaba agrietada y apunto de ceder. Ya lo tengo dijo para sí mientras miraba el frasco de fuego que sostenía en su mano y apretaba con fuerza la empuñadura de su espada.
- ¡Cubrirme! - Gritó, e inmediatamente salió a correr entre el caos de la batalla. Derribó a unos pocos enemigos tan solo con sus brazos, y ensartó a otros tanto antes de llegar a la muralla. Por suerte, su líder aun no había atravesado los muros, así que se dispuso a continuar con el plan. Lanzó con fuerza el frasco contra la grieta de la pared, estallando en mil llamas que por poco derriba la estructura. Aprovechando esto, saltó contra la débil pared, con toda su fuerza, justo en el momento en el que Aluk`Dhar y su inseparable elfo cruzaban por debajo de la muralla sin ninguna resistencia por parte de los humanos. La lluvia de piedras fue mortal para gran parte de las tropas, tanto humanas como no-humanas. El mismo Galard recibió un contundente golpe en el hombro, hundiendo su armadura contra su carne.
Se acercó para ver si su plan había tenido éxito. Apartó un cadáver humano y se asomó por entre las rocas. Allí vio el cuerpo aplastado del elfo, con Aluk`Dhar a sus pies, acariciando su rostro. Al aparecer el elfo le había apartado de la trayectoria un segundo antes de ser aplastado. Galard no pudo hacer otra cosa que maldecir. Inmediatamente, los ojos del abominable líder, se cruzaron con los suyos. Eran verdes como esmeraldas y tenían un brillo sobre natural, ardiendo fruto de la ira. Galard sintió miedo. Un miedo primitivo y desconocido para él.
Aluk`Dhar se levantó. Agarró su espada, que reposaba en el suelo, mellada de tantas batallas. Galard no retrocedió, sacando valor de alguna parte de su interior, y alzó su espada de plata con su mano mala, ya que el hombro de la derecha estaba completamente destrozado.
- Vamos, monstruo, enseñame lo que tienes. - Le provocó antes de ser embestido con la velocidad de una pantera.
Solo podía intuir que estaba siendo atacado por el resplandor de la espada y los golpes que a veces recibía contra su armadura que, por suerte, era de gran calidad y nos sería fácil de atravesar. La espada de su enemigo desaparecía de sus ojos y apenas tenía tiempo para cubrir sus zonas vitales. Comprendió que era el fin. Así que bajo la espada y cerró los ojos. La espada que antes danzaba frente a sus ojos sin ser vista, se clavó en un instante en su estomago, atravesándolo por la espalda. La armadura esta vez no sirvió de nada.
- Sera... tu fin... - Balbuceó Galard, escupiendo sangre al mismo tiempo.
- Humano, eres tu quien esta atravesado por mi espada. - Le contestó Aluk`Dhar.
El humano sonrió y, agarrando la cuchilla de la espada enemiga, se acercó hacía el. Su otro brazo, el del hombro herido, empuñaba una daga, pero ya no sentía dolor, y con un movimiento sorprendentemente rápido rebanó su cuello.

Parte 4: Demonio.

Las estrellas parecen tan calmadas en el cielo, lejos de este caos... lejos de las pasiones de los mortales y sus absurdos ideales...
El Rey de los humanos contempla el cielo estrellado desde la más alta torre de su castillo. Ajeno por un momento a la batalla que se lleva a cabo bajo sus pies. Ajeno a los gritos de dolor y de angustia. Ajeno al sufrimiento de los suyos.
Parece ser, que finalmente, todo esta acabado.
Sus pensamientos son interrumpidos de golpe por un gruñido endemoniado desde el otro lado del castillo. Durante un momento toda la ciudad enmudece. Se deja de oír el relinchar de los caballos, el choque de las espadas y los gritos de dolor. Durante unos momentos, todos los ojos, humanos y no-humanos se posan en una de las torres del castillo. No en la que observa el Rey las estrellas, si no la que esta mirando al este. Aquella que hacía de morada al brujo, ahora completamente destrozada, y ocupada por una criatura nunca antes vista por ninguno de los guerreros. Una bestia de escamas negras y larga cola. De ojos amarillos y grandes fosas nasales humeantes. Afiladas garras y penetrantes colmillos. De cuerpo reptiliano y aura mágica. Una criatura del mismísimo infierno.
Un rugido más. Gritos de terror. Y la criatura extendiendo dos grandes alas para lanzarse en picado contra el ejercito no-humano. Pero es demasiado grande, sus feroces ataques dañan a ambas partes. El Rey solo puede pensar en lo que ha provocado, mientras que el Dragón escupe un aliento de fuego verde que carboniza en segundos los cuerpos de los enemigos.

Un feroz rugido le sacó de la inconsciencia, arrancándolo de golpe al mundo real. Sintió un punzante dolor en la cabeza y un profundo ardor en el cuello. Se palpó con las manos. En la cabeza tan solo tenía un brecha acompañada de un importante hematoma. En el cuello un significativo corte que habría matado a cualquier ser viviente. Sin embargo, sus increíbles habilidades de regeneración habían cicatrizado la herida a tiempo. Una suerte que la posible muerte no fuera inmediata, le dio tiempo a su cuerpo a regenerarse.
Una vez hubo comprobado su estado, buscó de inmediato la fuente del rugido, sin darse tiempo a pesar. No tardo demasiado en dar con él,ya que su tamaño no le permitía ocultarse demasiado. Abrió bien los ojos y se los frotó con energía, buscando asegurarse que no estaba presenciando monstruos oníricos producidos por su delirio post-inconsciencia. Cuando miró esos ojos amarillos no tuvo ninguna duda de que era real. Y por tanto estaba en peligro.
El dragón se percató de que se había incorporado. Soltó el cuerpo medio triturado que masticaba con sus grandes fauces y destinó toda su atención hacia Aluk`Dhar. Le dedicó un rugido ensordecedor e intimidante, pero no pareció afectarle en lo más mínimo. Se limitó a cojear hacía atrás, buscando una posición de cobertura entre los escombros, sin apartar en ningún momento la mirada de los grandes ojos del reptil, que poco a poco caminaba a grandes pasos hacia él.
Y en un segundo, el dragón se volvió un borrón negro que cargo contra él. No pudo esquivarlo, dado su estado, lo único que logró conseguir fue colocar su espada entre los dientes inferiores y superiores de la gran boca del monstruo, que intentaba con una fuerza infernal arrancarle hasta la ultima parte de su cuerpo. Por suerte, su espada esta forjada con artes arcanas y ancestrales, y resistió. Lo que no pudo fue permanecer con los pies en el suelo, dejándose llevar por la fuerza de las alas del Dragón, que se habían alzado y ahora surcaban los cielos. Soltar la espada no era buena idea, ya que la caída sería mortal, y aunque sobreviviera, no estaba seguro de poder regenerar las heridas, y podría quedar inmóvil para el resto de su vida. Así que había que pelear en el aire. Subió al cuello del dragón, para evitar la caída, su espada, sin embargo, no pudo salvarse, y cayó entre los escombros. Desde su nueva aposición intento ensartar la dura escama de la criatura, pero ademas de su resistencia, tenía lidiar con los giros mareantes que trataban de lanzarle fuera de su grupa. Antes de que se diera cuenta, tanto él como su involuntaria montura, habían atravesado las paredes de roca del palacio, y rodaban a lo largo del pasillo que conducía al salón real.
Aluk`Dhar se incorporo a duras penas, mientras, muy poco a poco, se regeneraba algunas fracturas producidas por el tremendo golpe. El dragón también se incorporo, y este parecía ileso. Pero para su sorpresa no se abalanzó hacía él, sino que empezó a menguar su tamaño y cambiar su forma. El joven general de las fuerzas de no-humanos retrocedió, alerta. Frente a sí, ahora, no había ningún poderoso dragón de escamas negras y afiladas garras; solo un enclenque joven de ojos azules cubierto con una capucha. Probablemente sin siquiera fuerza para alzar una espada.
- Por fin tenemos algo de intimidad. - Le dijo, natural y seguro.
- ¿Quién demonios eres? - Le preguntó, sin dejar de bajar la guardia. - No eres humano...
- Muy perspicaz, las cosas que he odio sobre ti no eran exageradas. - Le alagó el extraño - Mi nombre es Arzjah, Hechicero de las Montañas Heladas, para serviros.
- Has intentado matarme, dame una buena razón para no cortate la cabeza en este mismo instante.
- Te daré dos: una, no te servirá de nada, has perdido la guerra, mira un momento afuera – El brujo señaló hacía un gran agujero en la pared del palacio, donde se podía ver como los humanos recuperaban la posición y hacia retroceder al enemigo – Me he encargado personalmente de que sea así.
- No se si te das cuenta, pero ahora tengo muchas más ganas de matarte. - Amenazó Aluk`Dhar mientras agarraba una espada que había entre los escombros.
- Aun no has escuchado mi segunda razón, la mejor de todas: aun puedo hacer algo por ti.
- ¿Y qué sentido tiene eso? - Rió Aluk`Dhar - ¿Por qué ibas ayudar al enemigo?
- Nunca fuiste mi enemigo, soy neutral, yo me muevo tan solo por interés.
- ¿Y que interés tienes tu en esto? No veo que ganes nada.
- En eso te equivocas, soy un científico y un mago, ¿Tienes idea de lo que vale tu sangre? Me ayudaría mucho para mis investigaciones de lo oculto.
- Muy bien, tienes una razón para hacer un trato conmigo, pero aun no veo que me puedes ofrecer tu. - Aluk`Dhar hablaba sin perder de vista todas las salidas, alerta ante cualquier soldado que los viera.
- Claro que sí – Sonrió – como ya te he dicho, soy un mago. Aun puedes dejar tu legado en este mundo, se que lo has pensado, tu semilla en el mismísimo árbol real.
Aluk`Dhar frunció el entrecejo.
- No tengo manera de hacerlo. Aunque pudiera acercarme a los aposentos de la reina sus guardias me machacarían antes de llegar, ni siquiera yo puedo hacer nada contra un grupo de 10 soldados.
- A no ser, que tengas otro aspecto. - Sonrió diabólicamente, el brujo.

Parte 5: Engaño.

El Rey caminaba rápidamente por las escaleras, subiendo y subiendo, esperando encontrar una puerta que cruzar. Lo primero en encontrar, no obstante, fue un soldado, que le miró sorprendido.
- ¿Alteza? ¿Que ocurre?
- Necesito ver a mi esposa. - le respondió.
- Si, Alteza, esta en sus aposentos, arriba.
Siguió, subiendo y subiendo, las escaleras se extendían por delante y por detrás, y su sombra proyectaba formas diabólicas por la iluminación de las antorchas.
Dos soldados más, dos nuevas indicaciones. Y finalmente, una puerta de remaches dorados, que se le abría como a un Rey por uno de sus soldados. Desde su interior le llegaba el calor de la chimenea y el perfume del deseo.
Entró. Una mujer humana, que reposaba en la cama, se incorporo. Sus ojos negros le miraban con familiaridad, a pesar de que él solo veía a una desconocida. Su cabello largo hasta las caderas era negro como el azabache, y tapaban sus hombros descubiertos. Vestía con camisón blanco que dejaba poco a la imaginación.
- ¿Mi Rey...? ¿Ha acabado ya la guerra? - Le preguntó, asustada.
- Si, mi Reina. - Le respondió, a la vez que se acercaba y la abrazaba. Eso pareció sorprenderla. - Todo ha acabado.
- Menos mal... - Dijo aliviada.
Su Rey le agarró suavemente del rostro, ese rostro que desconocía, y acerco sus labios a los suyos. Ambos se sumieron en el éxtasis del momento, y antes de que apagara la llama que se había encendido, la empujo contra la cama, siguiéndola muy de cerca, de manera que acabaron uno encima del otro cuando aun el beso no había finalizado. Su labios poco a copo fueron descendiendo, por detrás de sus manos que dejaban el camino llevándose el camisón con ellas.
Pudo oír un gemido cuando llegó, y un nombre que desconocía pronunciado por esos jugosos labios.

El verdadero Rey, con su reluciente y ostentosa armadura sin imperfecciones, caminaba por el salón real, rumbo hacía el brujo, que descansaba apoyado en una de las pocas columnas que quedaban en pie. Este le miraba con arrogancia y una sonrisa dibujada en sus labios.
- ¿Esta más contento ahora, Mi Rey? - Dijo irónico Arzjah.
- Le daré su lugar en la corte, como prometí. No obstante, no tendrá tierras, eso no entraba en el trato.
- Claro que no, solo quiero el título.
- Bien, entonces. Pero esto aun no ha acabado, vaya a hacer algo, recoja cadáveres al menos.
El Rey se dio la vuelta, camino hacia sus tropas.
- Sin embargo, debe de entregarme algo más señor.
- ¿como...?
Antes de que se diera la vuelta, Arzjah atravesó su armadura y carne con un cuchillo envenenado, las palabras se quedaron mudas en el rostro del Rey. Nadie se había dado cuenta, apenas se había acercado a su víctima y ya estaba en la misma posición de antes, como si un hubiera pasado nada.
- Su vida. - Proclamó, mientras se marchaba, caminando lentamente, dejando el cuerpo inmóvil del Rey que miraba sus manos llenas de sangre. No tardó en desplomarse y en ser rodeado por sus guardias.

Las escaleras quedaban atrás, al igual que el calor de la chimenea y el dulce aroma de mujer. Conforme se acercaba al salón real su aspecto volvía, dejando la mascara de rey para el pasado. Primero sus ojos se volvieron verdes, después sus músculos sustituyeron la grasa, le siguió su cabello enmarañado y al desaparición de las canas. Ya cuando llego al palacio era otra vez Aluk`Dhar, Señor de las Bestias.
Inmediatamente fue rodeado por humanos, todos armados. Pudo ver el cadáver del Rey humano a lo lejos, como era llevado por los criados. Y sonrió, una sonrisa endemoniada y sedienta de sangre. No oía los gritos amenazantes de sus enemigos, ni sus insultos, ni sus advertencias. Solo podía oír la nana de la Dama del bosque, que le cantaba siempre antes de ir a dormir.
Agarró dos espadas del suelo y tumbo de un golpe lateral al primer humano que se atrevió a acercarse. Mientras tanto, solo podía tararear la nana. Todos cargaron contra él, y tuvieron éxito, Aluk`Dhar fue atravesado por decenas de espadas y lanzas, y murió. Pero antes, se había llevado con él todas las vidas humanas que pudo. Los superviviente le recordarían hasta el día en que la muerte se los llevara.

Epílogo

- ¿Así que la Dama del Bosque vive ahí? - Un niño de ojos verdes como esmeraldas señalaba hacía el bosque, desde el carromato que seguía el camino.
- Así es, joven príncipe. - Le contestó Arzjah, el hechicero. - Justo ahí duerme la madre del bosque junto a todas sus bestias, esperando a despertar para reclamar las tierras que les pertenecen.
El niño hizo una exclamación de sorpresa e impresión.
- Cuando sea Rey, Maestro, invadiré sus tierras y tendré el mayor reino que se pueda tener. Conquistare hasta el cielo. - El niño alzó las manos hacia el despejado cielo, mientras sonreía inocentemente.
- No dudo de ello, Príncipe, no lo dudo.

4 comentarios:

Anónimo dijo...

Wo! Que relato tan inmeso!
Bueno, bueno... De momento he leido la primera parte; muy fluída como ya te he comentado. Seguiré pronto ^^

Anónimo dijo...

Ups... Soy Belén.

Anónimo dijo...

Anda! Ya estamos todos...
Por cierto, voy por la segunda parte, continuo...

Fernando dijo...

No sabia que habias publicado un libro...