viernes, 3 de septiembre de 2010

La Sangre de la Tierra

Prólogo

Su cuerpo desnudo, reflejando la luz de la luna en su piel pálida, recorría un sendero formado por su propio caminar, creando un gran surco en las aguas cristalinas que, poco a poco, iba desapareciendo. Sus pechos rosados en perfecta proporción, incitaban a deseos prohibidos mientras se sumergían, un deseo oscuro y tentador. Como sus ojos, grandes y verdes. Sobrenaturales. Unos ojos llenos de pasión y fuerza, de indescifrables intenciones y cierta picardía. Sus labios, igual de misteriosos, sonreían, a sabiendas de que era observada, pero sin parecer importarle lo más mínimo.
El joven acurrucado tras la roca no quiso salir, por miedo, por cobardía, o por otra cosa. Quiso quedarse ahí detrás, maravillado por la mágica noche y cultivando el deseo que sentía ante aquella dama.
La dama se sumergió por completo y, durante un instante así permaneció, hasta salir con brío, agitando sus cabellos plateados y sonriendo ampliamente.
El corazón del joven golpeaba su pecho con una fuerza atroz, casi temió por verlo salir. Sus ojos, como platos, sin embargo, no lo dejaban preocuparse de otra cosa que no fuera los rosados pezones de la dama del lago.
Acercate.
La voz sonó en su cabeza, acompañada del eco. Era dulce, deliciosa y atrayente. La mujer no había movido los labios, pero sabía perfectamente que era su voz.
No tengas miedo.
El joven dio un paso, agitando los arbustos que hasta hace un momento lo ocultaban. La dama lo miró, con esa mirada hipnotizante y esos labios en eterna sonrisa. Alzó su bello y esbelto brazo, haciendo caer las diminutas gotas teñidas de plata por la luz de la luna sobre las puras aguas, moviendo sus dedos, ordenándole, indicándole el camino hacia ella. El joven no dudo más de dos segundos. Se arranco la ropa y se introdujo en las frías aguas. Un hormigueo agradable recorrió todo su cuerpo, desde la punta de sus pies hasta la coronilla de la cabeza. Ella se le acerco. El jadeante no sabía que hacer con los brazos. Ella lo guío, le agarro sus manos y las coloco donde debía colocarlas. Sintió su suave piel, húmeda y electrizante. También sintió sus labios en su cuello, en su pecho, y en todo el resto del cuerpo. La lengua danzaba y un baile erótico que le poseyó por completo.
Su mente y sus sentidos se nublaron, dejando paso a la oleada de pasión y deseo que surgía desde su interior. El tiempo paso rápidamente y, más tarde, lo recordaría todo como una noche lejana y confusa, donde todo su ser se dejó llevar por el embriagador perfume de esa ninfa del lago. Sin poder ordenar los recuerdos, sin manera de estructurarlos en el tiempo y el espacio. Pero que tan solo por pensar en el momento, le invadía la más dolorosa nostalgia.
Despertó sobre una cama de hierbas, completamente desnudo y bajo la sombra de un roble. Podía ver el lago a unos metros delante suya, iluminado el cielo diurno en su superficie completamente calmada. No había rastro de la dama, y durante un momento pensó que fue un sueño. Pero en el fondo sabía, que tanto placer era imposible de simular con un estúpido sueño.
Se coloco sus ropajes, que descansaban en la orilla del lago, y se puso en camino, de vuelta a su hogar, no sin sentir una espada en su corazón por abandonar el objeto de su deseo desaparecido.

Parte 1: Guerra.

El silencio se hizo en la corte. Solo se podía oír el jadeo del caballero que cruzaba la sala y el golpeteo de la armadura contra el suelo y su propio cuerpo. Estaba manchado de sangre y de barro, lo que arranco expresiones de desprecio de la gran mayoría de los nobles que estaban en la sala. En su trono, el Rey jugueteaba con su barba castaña mientras miraba con ira al soldado que osaba interrumpir su gala.
- Más vale que tengas una excusa, soldado, para interrumpir de una manera tan despreciable mi reunión.
- Mi Rey... - El caballero se arrodillo, con ademán de sufrimiento. - Lo lamento mucho, pero son nuevas urgentes del sur.
El rey frunció el ceño.
- Habla. No me hagas perder más el tiempo.
- Se trata del río Alura, Majestad. Los rebeldes lo han atravesado.
Una oleada de murmullos recorrió la sala. Pero se detuvo inmediatamente después de que el Rey mirara en dirección a los nobles con su rostro severo.
- ¿Qué ha pasado con el Comandante Arthur y su ejercito? - El Rey mantuvo la compostura fenomenalmente. Era algo que había aprendido a hacer durante las ultimas semanas.
- Han sido arrasados, Majestad. - La voz del soldado sonaba quebrada y su mirada solo se atrevía a dirigirse al suelo.
El Rey no varió su carácter, salvo en el tembleque de su labio inferior. Miró a los miembros de la corte, que esperaban preocupados o, simplemente, no se habían enterado de nada.
- Esta reunión se da por finalizada.
Fue lo único que dijo. Después se levanto y abandono su trono con paso brioso y nervioso. El soldado observo su trayectoria sin saber muy bien que debía hacer.

Aspiró profundamente, llenando sus pulmones con el maravilloso olor a victoria: la sangre, los cadáveres putrefactos, el óxido de las armas y la humedad del entorno. Sus orejas puntiagudas se deleitaron con el sonido de los lamentos de los hombres y caballos, con el extraño silencio que se escondía tras ese murmullo, y con los pasos metálicos de cada soldado de sus tropas. Saboreo su propia sangre en sus labios, que caía desde la herida de su frente; y el sudor fruto de su esfuerzo y euforia en el campo de batalla. Se cautivo con el calor que sentían sus músculos cansados, con el frío acero de su armadura contra su piel y la pesadez de su espada en su mano derecha. Y por ultimo, disfrutó con la visión que le mostraban sus ojos verdes, con el sufrimiento de sus enemigos, hundidos en el río carmesí; con sus rostros de dolor y con la sangre que brotaba de sus espantosas heridas.
Un ser de aspecto humanoide, cubierto de una espesa mata de pelo y con prominentes colmillos que se escapan de su poderosa mandíbula, le arranco de la embriaguez de la batalla.
- Aluk`Dhar – Así le llamaban en su ejercito, Señor de la Guerra en la Lengua Antigua. Era una especie de saludo al dirigirse a él. - Aun quedan tropas humanas, se retaran hacia el norte. ¿Vamos tras ellas?
- No. - Sus ojos dejaron de brillar con el éxtasis de la batalla. La realidad le atrajo hacía sí de nuevo. - Dejales, que cuenten mi terrible poder. Sus relatos sembrara el miedo en el reino.
- Aluk`Dhar... - El extraño hombre-bestia se retiró, alejándose sin dar la espalda a su Señor de la Batalla.
Aquel llamado Aluk`Dhar por los no-humanos, acercó sus espada hacia la túnica teñida en sangre del cadáver de un soldado, limpiando su filo, que brilló al reflejar la luz del sol con un destello plateado. Seguidamente se puso en camino, hacia el grueso de sus tropas, que ensartaban y remataban a los moribundos. Pero una mano agarro su tobillo. Miró hacia abajo, con su penetrante mirada esmeralda, y vio a un hombre, sobre su propia sangre, que le miraba con dolor y odio.
- Demonio... - Murmuro el soldado. El joven comandante de los no-humanos le respondió penetrando su tórax con su espada, con tanta fuerza que atravesó su coraza y cuerpo, hasta quedar su rostro frente al suyo. Entonces sonrió y dijo:
- El demonio es el hombre.

Los rayos de sol se extinguieron tras los picos grises y afilados conocidos por los humanos como los Colmillos de Dragón, y bautizados en la Lengua Antigua como Ai Ein´Lashar, que podía significar las fauces o la mordedura de la tierra. La sombra de la noche, partiendo de allí, fue envolviendo toda la tierra hasta cubrir como una ola al ejercito que caminaba sin descanso. En un instante todo se ensombreció y las únicas luces de la noche fueron las rojas de los ojos de los soldados de Aluk´Dhar.
Cruzaron el río Nebruna y dejaron atrás los Colmillos del Dragón, adentrándose de lleno en la espesura del bosque que se extendía decenas de millas al este. El bosque encantado de Aishir, llamado maldito por los humanos y hogar por las bestias. Era el único lugar donde el ejercito de no-humanos podía dormir sin miedo a los humanos.
El ejercito acampó en la orilla del río, sin adentrarse demasiado en los terrenos prohibidos del bosque. El único ser vivo que lo hacía era Aluk´Dhar. Entre los suyos existía la leyenda de que había nacido de un árbol. Otros decían que la luna lo lanzó a las profundidades del bosque donde fue criado por una familia de lobos. Nadie sabía la verdad, y nadie estaba dispuesto a seguirlo al corazón del bosque a comprobarlo. Ninguno era tan estúpido.
Las luces rojas de las pupilas de cientos de criaturas desaparecieron a sus espaldas, y la oscuridad le envolvió por completo; quedo atrapado entre el abrazo sombrío de las ramas de los arboles, que se cerraban sobre su cabeza impidiéndole que contemplara el cielo. Si no fuera por sus ojos de animal y su capacidad sobrenatural de ver en la oscuridad, esta ruta que tantas veces había repetido no sería posible.
Hijo mio...
El susurro del bosque le hizo detenerse. Respiró hondo y agudizó sus oídos.
Hijo mío... ven aquí...
A su alrededor, extrañas flores comenzaban a brotar y a brillar con luces azules y rojas. En tan solo un instante, todo el bosque a su alrededor se cubrió de estas preciosas flores, iluminando todo su camino. Y frente a sí, cubierta con las más bellas, estaba ella. La belleza materializada en este mundo. Sus ojos grandes y verdes le miraban, penetrantes, escrutando sus deseos y sueños. Su largo cabello de plata reflejaba el arco iris de flores como un espejo y su piel desnuda, pálida como la noche, era como el fondo de un estanque de aguas cristalinas.
No paso ni dos segundos antes de que Aluk´Dhar, El Señor de la guerra, se arrodillara ante semejante belleza.
- Madre... - Dijo. Su voz ya no era la de un guerrero ni la de un demonio. Era la de un niño.
- Hijo mio... - La voz de la dama era una melodía perfecta, envidia de aves y objeto de deseo de hombres. - Mi Hirae e´nn Etta... Ven aquí, ven que te abrace.
Se acerco hacia él, con los brazos abiertos y con una gran sonrisa dibujada en su rostro. Sus ojos brillaban con el amor maternal, ademas de con su propia y perfecta belleza.
Cuando llego hasta él, todos sus temores y preocupaciones desaparecieron. La rabia, el dolor, la sed de sangre humana, todo se esfumo. Solo había calor y descanso.
- Tranquilo mi querido Hirae e´nn Etta... - Le susurro, sin dejar de abrazarlo. - Todo paso. Se que has sufrido mucho...
- Madre... -Reacciono por fin, el Señor de la Guerra. - He hecho lo que me pediste. Los he derrotado. He hecho que conozcan el infierno. Esos malditos humanos no volverán...
El joven levanto la mirada. Ella le acaricio el cabello.
- Me temo que si, hijo mio... si volverán...
La sorpresa hizo acto de presencia en el semblante del guerrero.
- Aun hay mucho que hacer. - Continuó la Dama del Bosque. - Los humanos son seres terribles. No descansaran hasta acabar con todos los hijos de la tierra.
- ¿Y qué debo de hacer madre?
- Vas a ir a sus hogares. Vas a quemar sus casas y violar sus mujeres. Vas a atravesar sus corazones y clavar sus cabezas en lanzas. Robaras sus niños y quemaras sus cosechas. Les vas a mostrar el verdadero infierno.
El joven se incorporo y su mirada cambio de nuevo. Volvieron los ojos del guerrero. La mirada salvaje de ojos verdes.
- Madre... su sangre teñirá la tierra.
Una preciosa sonrisa se formo en su boca, sus manos tocaron la cara de su hijo y susurro:
- Lo se hijo, lo se...
Se despidió de su guerrero con un beso en su frente y una bendición.

Las murallas de más de tres metros de altura se alzaban frente a Arzjah, que miraba con sus ojos azules las almenas, ocultos bajo la sombra de su capucha. Un soldado de armadura brillante y yelmo adornado con plumas de un halcón se asomó y gritó:
- Quién va.
- Arzjah. Hechicero de las Montañas Heladas. Su Majestad me ha convocado.
Su voz se extendía por el viento como un susurro que buscaba de cualquier modo la forma de llegar a los oídos de todo el mundo.
El guerrero le miró con desconfianza, un par de soldados más se le acercaron e intercambiaron susurros inaudibles para el hechicero. Finalmente, el guerrero de yelmo de plumas de halcón ordenó:
- ¡Abrid las puertas!
Y estas se abrieron.
Atravesó la ciudad reparando en todos los detalles. Siguió una ruta que llevaba desde las casuchas de los campesinos, pegadas a la muralla; hasta el barrio rico, pasando por el mercado y el distrito militar. Todo para finalmente llegar a la zona de palacio: en el centro del feudo, protegida por otra gran muralla. Allí tuvo que identificarse de nuevo para que le dejaran pasar, pero esta vez le hicieron esperar aun más.
Finalmente un hombre de armadura roja salió a recibirle. Su rostro, curtido por la experiencia de mil batallas, mostraba una expresión adusta y desconfiada. Con un ojo medio cerrado por el sol que le daba de cara exigió:
- Quien eres.
- Por tercera vez hoy, soy Arzjah, hechicero de...
- Un brujo. - El soldado le interrumpió sin ningún tipo de consideración.
Arzjah tragó saliva y achico sus pupilas, escrutando el rostro de su interlocutor.
- Nosotros, preferimos llamarnos Hechiceros.
El soldado escupió al suelo y lazó una fea maldición en el dialecto del sur.
- No se que diablos estará pensando nuestra Alteza, pero pasa. No te despegues de mi ni un segundo, te tengo vigilado.
El Hechicero asintió con la cabeza y siguió al malhumorado soldado hacia el interior del palacio, atravesando así la última muralla.

Frente a él, junto a su Comandante, estaba el Brujo Arzjah. Con aspecto de humano. Su rostro no se dirigía hacia el suelo como todos sus súbditos, él no debía idolatría a nadie. Le miraba directamente, con esos ojos de un azul sobrenatural capaces de ver los pensamientos. En cuanto a sus ropas, vestía como un mendigo: una túnica andrajosa que cubría prácticamente la totalidad de su cuerpo, con un capucha que ocultaba su rostro cuando era necesario. Ahora se podía ver perfectamente y era extraordinariamente joven.
- Encantado de conocerle, Su Majestad. - Sus palabras llegaron a sus oídos como una brisa, acompañadas por una referencia al borde de la parodia.
El Rey no habló inmediatamente, sino que siguió manteniendo su mirada, forzando su ser a no sentir ninguna clase de miedo o curiosidad.
- Arzjah, El Hechicero. - Dijo al fin. - Te has retrasado.
- Os ruego que aceptéis mis disculpas, Mi Rey, pero he llegado lo más rápido que permitían mis pies. Yo no poseo veloces sementales como tus caballeros para moverme de un lado a otro del reino.
- ¿No tienes otras artes con las que desplazarte, brujo? - Ironizó el Comandante, que aun seguía observando al invitado, con su mano reposando en todo momento en la espada de su cinturón.
- ¡Galard! - Exclamó el Rey con voz autoritaria – El Hechicero es nuestro invitado, muestra un poco de cortesía.
Pese a sus palabras, se sentía igual de intimidado que su comandante. Pero debía comportarse con autoridad y seguridad, atributos que había aprendido a mostrar en sus 10 años de mandato.
- Lo siento, Majestad. - Se disculpó el soldado, con una reverencia.
- ¿Sabe para que le he llamado, Arzjah? - Le preguntó sin más dilación y conversaciones absurdas.
- Bueno, observando las estrellas... la posición de los astros... - El brujo comenzó a conjeturar y ha realizar cálculos mentales. - Diría que los espíritus del bosque se han despertado.
- ¿Y?
- Pues que, muy probablemente, se dirijan contra vosotros, los humanos
- ¿Has tenido tratos con esos monstruos? - Acusó el Rey. - Sino, no me explico tu conocimiento sobre dicha información.
- No me malinterprete, mis artes me permiten saber esto y mucho mas con solo mirar el cielo...
- El ejercito de no-humanos cruzó hace poco las montañas heladas, en dirección al reino. - Añadió el comandante. - Debe de haberlo visto. Un ejercito tan numerosos no pasa desapercibido. Incluso observando desde la lejanía es posible contemplar la humareda levantadas por sus pasos y escuchar el sonido de sus cuernos de guerra.
- Veo que su rango de Comandante no es de casualidad. - Continuó el brujo, mirando al soldado. - Mi Rey, tiene razón. He podido ver su ejercito y se dirigen hacia aquí.
Se hizo el silencio en la sala durante unos segundos, en los que el Rey miraba hacia las musarañas y arrugaba la frente.
- Aun lo has respondido a mi pregunta. - Dijo al fin.
El brujo sonrío.
- Supongo, que al final el hombre ha comprendido que no puede hacer frente a todo con armas convencionales.
- ¡Deja de desvariar, Hechicero! - Esta vez el comandante se tomo la molestia de no utilizar la palabra “brujo”.
- Muy bien, iré directo al grano, si no me equivoco necesitáis mis artes para hacer frente a tales criaturas del bosque, ¿No es así? Vuestros filos no cortan sus carnes, vuestras flechas no atraviesan sus armaduras y vuestros soldados carecen de valor para hacer frente a monstruos que le duplican el tamaño.
- Entonces – Habló el Rey, sin variar ni un ápice su expresión. - ¿Debo suponer, que al acudir a nuestra llamada, aceptas ayudarnos?
- Siempre sujeto a un determinado precio.
- Porque no me sorprende. - Interrumpió una vez más con su particular ironía el comandante, siendo ignorado por el bien de una reunión sin incidentes.
- ¿Y de que precio estamos hablando?
- Tan solo os pido, un lugar en la Corte.

- ¿Plata? - El herrero Brom, en sus 30 años de oficio no había escuchado nada igual. Había dejado de enfriar un decena de espadas para centrarse en las nuevas. - ¿El Rey quiere qué forjemos armas de plata?
- Y no solo eso. - Rodrick, su socio y amigo desde que empezaron forjando herraduras, estaba igual de consternado. Su rostro sudoroso reflejaba el drástico cambio de temperatura sufrido tras entrar en la forja. - También quiere que utilicemos las antiguas armas de hierro. Plata y hierro para esos condenados monstruos.
- ¿En qué coño esta pensando nuestra alteza? - Maldijo el herrero, algo que solo se atrevía hacer a solas. - ¿También a él le han lavado el cerebro con esos estúpidos cuentos de hadas?
Hicieron una pausa mientras Brom acababa las espadas que quedaban. Rodrick, mientras tanto, se deshacía de su túnica de seda y la sustituía por la tradicional vestimenta de herrero: dura y áspera a la vez que cómoda y familiar.
- Digo, dicen que ha mandado a llamar a un Brujero de esos de las montañas. Que ha venido con toda su hueste de enanos y quimeras.
- ¡Maldita sea, Rodrick! Parece mentira que aun creas en quimeras. Habrá venido con sus enanos, que no son más que humanos hechizados.
- Yo solo cuento lo que a mis oídos a llegado. Pero bueno, eso a nosotros ni nos interesa ni nos afecta. Lo que nos afecta son el hierro y la plata.
Ambos herreros se encaminarnos fuera del calor, hacía la recepción de su establecimiento.
- Entonces no se hable más – Finalizó Brom - son ordenes del Rey, que corra la voz y que cada herrería de la maldita ciudad se ponga a forjar plata y a buscar armas antiguas. ¿Cuanto tiempo tenemos?
- A lo mucho me temo que un mes.
-¡La ostia que nos parió! ¡Creerá nuestra alteza que somos como esos brujos de los cuentos!

Parte 2: Calma.

La luna brillaba alta en el cielo. A su alrededor, las estrellas eran eclipsadas por su potente resplandor. Los ojos de Aluk`Dhar reflejaban el cielo como dos enormes esmeraldas, mirando sin parpadear por encima de las tiendas del campamento, de las copas de los arboles y de las montañas que los reguardaban. Sin embargo, sus ojos se elevaban aun más arriba, alejándose de lo terrenal para sumirse en ideales espirituales y visionarios. Contemplaba un mundo nuevo, forjado a partir del dolor y el sufrimiento, pero que solo constituía los pilares enterrados de un mundo mejor. Un mundo en comunión con la naturaleza donde la intolerancia no tiene cabida. Un mundo soñado por todo los suyos. Un mundo sin humanos.
- ¡Intruso! - El grito gutural de uno de sus hombres lo arrancó de sus sueños en vigilia. Inmediatamente entro en su tienda, agarro su espada y se encaminó con la velocidad de una gacela hacia el origen del grito de advertencia. Caminó varios metros entre las tiendas de su ejercito hasta llegar a un pequeño llano entre tanta tela de tiendas. Allí, junto a un carromato con armas, rodeado de hombres bestias, elfos y enanos, yacía un único humano; con la armadura de hierro ensangrentada y el rostro esculpido en el miedo. Uno de sus hombres, un elfo de cabellos plateados, amenazaba al intruso con una daga de extraordinaria manifactura, cuyo filo acariciaba su cuello y, con toda seguridad, le producía escalofríos de inframundo.
Todos miraron a Aluk`Dhar, que había aminorado la marcha, pero que seguía caminando hacia el humano. Sus ojos sobrenaturales acusaban con aires de Juez y Verdugo al enemigo, que no pudo mantener su mirada durante más de tres segundos.
- Aluk`Dhar... - Saludó el elfo sin apartar la daga del cuello del intruso. El resto de sus soldados también le saludaron, y algunos hasta se arrodillaron.
- Hemos encontrado a este Skrhas`hass junto con su manada. - Comentó uno de los hombres bestias sin disimular su acento ininteligible para la mayoría de las razas. - Hemos matado a casi todos, pero me temo que uno a escapado.
Emitió un gruñido y escupió al suelo, muy cerca del prisionero.
- ¿Donde? ¿Hace cuanto? - Exigió saber su Señor de la Guerra.
- A unas 20 millas de aquí, Hurrukk. - Su última palabra parecía más un gruñido que una palabra. Nadie pareció entender su significado. Nadie excepto Aluk`Dhar.
- Putas bestias inhumanas... - balbuceó el humano. Poco a poco se iban consagrando toda clase de no-humanos alrededor. - No tenéis nada que hacer contra el reino... ¡Arderéis en las llamas de nuestros...
Sus palabras fueron interrumpidas por el amenazante elfo, que estampó su cara contra la tierra.
- Sigue hablando y tu muerte sera más dolorosa aun.
- Tranquilo Elehar. Sus amenazas no pueden impedir que consigamos nuestro objetivo. - El Señor de la Guerra hablaba con la serenidad de un líder.
Se acercó aun más al humano, aparto con un gesto al elfo llamado Elehar y levantó la cabeza de su enemigo. Este estaba de rodillas y sus ojos se llenaron del valor suficiente para mantener su mirada. La nariz y las encías le sangraban, pero lejos de parecer débil le hacía aun más fuerte. Aluk`Dhar quedó intrigado por la fuerza inherente y espontanea del humano.
- Os estamos esperando. - Le dijo y dijo por última vez.
Pues inmediatamente, Aluk`Dhar arrancó su propia daga elfica de su vaina y le rebanó el cuello. El humano carraspeó e intento gritar, pero de su boca solo expulsaba sangre. Permaneció en equilibro un instante, muriendo lentamente y derramando la sangre sobre su cuerpo y sobre la tierra. Y en un último momento desafiante intento abalanzarse con sus manos ensangrentadas sobre él. Pero fue inútil, tan solo le hicieron falta dos pasos hacia atrás para evitar su agarre. El humano cayó muerto pocos centímetros de sus pies.
Para entonces había una gran muchedumbre contemplando el espectáculo. Su líder limpió la daga en las ropas del humano y levantó la cabeza para mirarles a todos. Solo espero unos segundos para declarar:
- Atacaremos esta noche.
La única respuesta fue un rugido colectivo amenazante y ensordecedor.

La gran puerta de la muralla principal se abrió. Luego le siguió las pequeñas puertas de la ciudad, que dificultaban el asedio. Después fue el gran portón de palacio. Y por último el pórtico que conducía a la sala de trono.
- ¡Mi señor! - Un soldado, sudoroso y jadeante, con su coraza teñida con sangre; entro a toda velocidad, interrumpiendo la reunión del Rey con los generales. - ¡Mi señor!
Galard con su flamante armadura dorada fue el primero en acercarse al soldado. El Rey y el resto de generales se limitaron a observar desde la mesa donde estaban dispuestos la representación de ambos ejércitos.
- Respira, soldado. Cuéntanos que has visto. - Le dijo amablemente, sin dejar notar el miedo en sus palabras. Conocía al soldado, se trataba de un miembro del pelotón de reconocimiento que había mandado horas atrás.
- Los no-humanos... - Apenas podía articular palabra. Intercalaba continuamente con jadeos de cansancio y dolor. - Ellos.. ellos...
Galard consoló al humano con su mano, que apretada firmemente su hombro. Esto pareció relajarle y se dedico un tiempo para respirar. Sus siguientes palabras fueron destinadas directamente al rey.
- Están más cerca de lo que creíamos, Alteza.
El labio del Rey tembló. Un general de bigote frondoso cambio su rostro noble por un semblante de puro miedo. Un joven rubio de mirada decidida sonrió con malicia. Un viejo canoso no reacciono en absoluto. Galard siguió hablando:
- ¿Donde los has visto?
- Al este mi señor, a la otra orilla del lago de las Sirenas.
- Buen trabajo soldado, haz que corra la voz, que se preparen las defensas del castillo.
El soldado se alejo de la sala con veloces zancadas, cerrando las puertas tras sí y dejando solos al Rey con sus generales.
- Mi Rey... ¿Qué haremos? - Preguntó Galard una vez estuvieron todos sentados frente a la mesa de tácticas.
El rey permaneció en silencio un largo rato. Sus ojos miraban la mesa, tratando de visualizar y dar vida a las figurillas de hierro y a los paisajes de madera.
- ¿No es obvio? - Comentó el joven general rubio. - Tenemos que interceptarles, para cuando lleguen a la ciudad sus fuerzas estarán dispersas. Nuestras defensas acabaran con ellos.
- Con eso solo conseguiremos perder fuerzas. - Opinó el anciano.
- Sin sacrificio no hay beneficio.
- Sir. Beniehrt tiene razón. - Dijo el general bigotudo. - Lo mejor sera resguardarnos ante nuestras murallas. Nunca podrán mantener el asedio lo suficiente. Ya nos ha funcionado anteriormente.
- No eres más que un cobarde, Anthon. - Insultó el joven rubio.
- Y tu un crío temerario.
- ¡Silencio! - Gritó con fuerza Galard. - El Rey tiene la última palabra.
Todos dejaron de discutir y dirigieron sus ojos al rostro pensativo del Rey.
- Las tropas se quedaran aquí. - Dijo por fin. El comandante joven dio un disimulado suspiro de incredulidad, sus compañeros, por el contrario, sonrieron satisfactoriamente. Galard fue el único que permaneció serio. - Iniciar los preparativos. Tu, Galard, ve en busca del brujo.
Esta vez Galard si se permitió una expresión desagradable tras oír la palabra “brujo” como si tan solo su nombramiento le hiciera recordar de una pasada todas las terribles leyendas y mitos.
- Como ordenéis.
Todos los comandantes se fueron, dejando al Rey solo frente a la maqueta. Visualizando, Creando. En su mente la batalla ya había sucedido un millar de veces.
No era el único. El Comandante Galard también era famoso por su habilidad táctica, y tenia la costumbre de repasar todas las posibilidades en todo momento. Mientras hablaba con el Rey su privilegiada mente ya había elaborado una decena de tácticas. Había luchado contra los no-humanos durante 10 años, allá cuando empezó “la limpieza” y, desde entonces, había visto toda clase de bestias y sabia muy bien cuales eran sus habilidades.
Incluso, en ese mismo instante, cuando subía las escalaras y atravesaba los pasillos en dirección a los aposentos del hechicero, manejaba numerosas estrategias. Y ninguna de ellas incluía los planes que había traído el brujo consigo.
Por desgracia, el Rey no opinaba lo mismo.
Sus nudillos chocaron contra la madera de la puerta, produciendo un sonido sordo y seco. El Brujo tardaba demasiado, por lo que tuvo que insistir. Su puño chocaba enérgicamente contra la puerta exigiendo alguna respuesta. Se oyeron sonidos metálicos y algo que burbujeaba, hasta que finalmente la puerta se abrió. Al otro lado, el hechicero, lucia exactamente igual que siempre: túnica negra de mendigo y una sonrisa desconcertante. Sus ojos azules parecían más claros que nunca. A su espalda no se podía ver nada, pero a Galard pareció llegarle el olor del azufre.
- Sir. Galard – Saludó. - Lamento la tardanza, estaba ultimando algunos preparativos para la inminente batalla.
- ¿Ya os habéis enterado? - Preguntó, incrédulo, el caballero.
- Por supuesto, ¿Qué clase de mago seria si no lo supiera? Me gusta presumir de que tengo mis propios métodos para manejar la información.
- Debería haberlo imaginado. Muy bien, entonces ya sabes lo que tienes que hacer, no pierdas más el tiempo.
- Para nada, eso es lo último que haría, no quiero decepcionar a mi Rey.
Galard intentó asomarse al laboratorio del Hechicero antes de marcharse. Sin embargo, este se lo impidió.
- Necesitare algunos hombres para que lleven la mercancía a las almenas.
El caballero lo dejo de intentar.
- Esta bien, te mandare a algunos soldados. - Se dispuso a marcharse finalmente.
- Y, por favor, advierte que se trata de material delicado, no quiero que halla que lamentar ningún... incidente.

Parte 3: Tempestad.

El cielo aun seguía oscuro. La única iluminación que había era la de la propia luna, que marcaba el camino como un sendero hacia el destino. Un destino que brillaba con el fuego de las antorchas, creando sombras grotescas de las almas de los hombres sobre la superficie de piedra del castillo que creían que les protegía.
Las fuerzas de Aluk`Dhar se encontraban frente a la capital humana. Caminando en silencio, como un ejercito de las sombras, preparados para ser blanco de las flechas humanas. Tras las paredes del castillo y sobre las almenas los hombres también estaban preparados. Algunos empuñaban arcos y flechas, listos para disparar cuando se diera la orden. Otros solo tenían que lanzar unos pequeños frascos de líquido carmesí cuando los no-humanos estuvieran bajo los muros. Nadie sabia de que se trataba, pero muchos sospechaban correctamente que eran artilugios de brujería del hechicero mendigo llamado Arzjah. Al igual que las espadas de hierro y plata que portaban los guardias. La desconfianza se palpaba en sus corazones, pero todo era necesario para hacer frente a las hordas de las bestias.
El ejercito de Aluk`Dhar no disponía de armas de plata o frascos de fuego. Ni siquiera llevaban estructuras de asedio o catapultas. Su fuerza residía en sus soldados: hombres bestias capaces de destrozar una armadura de un mordisco, elfos con vista de halcón, capaces de colocar una flecha entre ceja y ceja a millas de distancia; seres ágiles como arañas, que escalan las paredes de una muralla como si fuera una escalera... todo eso y Aluk`Dhar. Su carismático líder organizaba tal diversidad de especies, muchas veces enfrentadas entre sí. Sus palabras llegaban a todos los individuos por igual y encendía las llamas de sus almas, sincronizándose con la suya propia por una causa común: el odio hacia los humanos.
El ejercito del Señor de la Guerra se detuvo durante un momento. Aluk`Dhar dio un paso al frente, con su rápido corcel, y encaró a todas sus fuerzas. Sus ojos verdes antinaturales brillaban con la luz de la luna. Permaneció en silencio mirando a los ojos de sus soldados.
- Todos hemos esperado con ansia este momento. - Gritó, finalmente, para que todas y cada una de las razas que componía su ejercito escuchara sus palabras. - Hemos soñado con el. Hemos temido su llegada y amando un posible resultado favorecedor. Y ahora, aquí estamos. De nada sirve soñar o temer, con la capital de los hombres frente a los ojos pensar es inútil. Ha llegado la hora de actuar, ha llegado la hora de devolverles el golpe. Hace ya diez años que sus inquisidores nos azotaron con su guerra intolerante hacia los que somos diferentes. Después de aguantar que invadieran nuestros bosques y nuestras montañas, después de arrebatarnos nuestras ciudades; pretendían arrebatarnos lo único que nos pertenece realmente: nuestras vidas.
Muchos de los soldados vitorearon y asintieron, levantaron sus lanzas y gruñeron.
- Sin embargo, no contaban con nuestra unión. No supieron ver que todos somos hijos de la Madre Tierra, y que ahora, somos parte de una misma unidad. Nuestra fuerza conjunta es indestructible. La cooperación de todas las razas nos hace invencible. Os lo he demostrado... no tenemos nada que temer.
En ese instante alzó con su mano derecha la la cabeza del general humano que habían vencido en su última batalla. El ejercito gritó y rugió con ferocidad. Su señor de la guerra dio media vuelta con su semental y mostró la cabeza putrefacta a las almenas de la ciudad feudal.
- ¡Esto es lo que les espera a todos los humanos! - Cada frase suya, era respondida con un ensordecedor grito multiracial. - ¡Alzaremos sus cabezas con nuestras lanzas! ¡Colgaremos a sus mujeres para que se las coman los cuervos¡ ¡Quemaremos sus iglesias y decapitaremos a sus falsos Dioses! ¡AJUSTIAREMOS A SU COBARDE REY POR SUS PECADOS A LA TIERRA!
El último grito se mezclo con el galope de los caballos. Con el entrechocar de las espadas contra los escudos. Con el tensar de los arcos y el rugido de las bestias. Todos cargaron contra la capital de los humanos.
Las flechas volaron. Atravesaron la oscura noche sin estrellas, oscureciendo la luz de la luna. Muchas de ellas estaban prendidas con fuego, para dañar la carne de las bestias con mayor efectividad. Cayeron sobre ellos como una lluvia de cuchillas. Aluk`Dhar frente a su ejercito, detuvo los proyectiles dirigidos hacía él con su escudo. Algunos de sus soldados no tuvieron tanta suerte, y fueron sometidos al frío hierro y la brillante plata de la punta de las flechas. Sus cuerpos se quemaban con el contacto y hacían hervir la sangre que derramaban. El señor de la guerra disimulo su impresión cuando arrancó una flecha de su montura que brillaba con el color de la plata. Dejó que sus fuerzas le adelantaran y chocaran contra la densa muralla humana. Mientras tanto, después de abandonar a su semental herido, corrió hacia la batalla con su arco en mano, disparando flechas contra los humanos de las almenas, demostrando una increíble puntería.
Elehar disparaba desde su caballo a galope, sin perder el equilibrio en ningún instante. Los hombres caían ante sus flechas como si fueran la mismísima guadaña de la Muerte, incluso agarró una flecha en el aire, para disparar justo después. Avanzó entre la muchedumbre hasta llegar junto a la muralla, donde comenzó a dar ordenes en la lengua antigua, para que escalaran la muralla. Unos extraños humanoides grises de miembros lánguidos y alargados respondieron al mensaje y reptaron por la pared como si fuera el propio suelo. Sin embargo su avance fue detenido por una brillante ola de fuego. Sus cuerpos ardieron dentro de las armaduras como si estuviera dentro de un horno y cayeron como grandes proyectiles de fuego contra el resto sus aliados.
- ¡Atrás! ¡Cuidado! - Advirtió, pero fue demasiado tarde, las llamaradas que caían desde todos los puntos de la muralla acabaron con todos aquellos que se atrevieron a escalar. Esto le hizo bajar la guardia, y antes de que se diera cuenta, una bola de color carmesí se dirigía hacia el. No podía hacer nada, estaba demasiado cerca. Puso sus manos delante de la cara, esperando recibir el menor daño posible; y cerró los ojos esperando sentir el abrazador fuego. No sintió nada. Abrió y pudo ver la figura de Aluk`Dhar, su líder y amigo. Se había hecho con otro caballo, el cual montaba, y estaba completamente girado hacía él, cubriéndose del fuego con su escudo. Su rostro sonreía con el fragor de la batalla. Elehar quedó anonadado, dada la situación, le parecía extraño la sonrisa de su señor.
- ¡No retrocedáis! - Ordenó el señor de la guerra con su voz poderosa y feroz. Había bajado el escudo, que aun estaba ardiendo, lo que le daba una imagen aun más temible. Sus palabras motivaron a su ejercito, que a pesar de las olas de fuego, arremetían contra la muralla como una estampida. Sin embargo, no sería suficiente, y lo sabía, así que bajo la atenta mirada de su comandante y su tropa, Aluk`Dhar se lanzó contra la dura roca, atravesando su superficie con su espada como si fuera mantequilla.
- ¡Cubrir a Aluk`Dhar! - Ordenó Elehar. - ¡No dejéis de disparar!
Le hicieron caso, y mientras su señor escalaba utilizando su espada como apoyo, sus arqueros disparaban a todo humano que intentara detener su ataque con flechas o bolas de fuego. De esta manera logró llegar a lo alto de la muralla, donde fue directamente atacado por los soldados enemigos ingenuos, que pronto pudieron comprobar el alcance de la fuerza de Aluk`Dhar.
Los pocos que le alcanzaron sin ser derribados por las flechas de los no-humanos, se enfrentaron a las dos dagas élficas que desenfundó con velocidad. El primero fue lanzado al suelo mediante un corte en la corva, para poco después ser atravesado directamente por la cavidad ocular. El segundo que se lanzaba con su mandoble, fue cortado varias veces mientras su ataque era esquivado, finalizando con su vida al rebanarle el cuello desde su espalda, con ambas dagas cruzadas.
- ¡Aluk`Dhar! - Le advirtió uno de sus hombres bestias con un rugido. Aunque no era necesario, ya había visto la bola carmesí que volaba hacia él. La detuvo con su escudo, que aun brillaba con las llamas de la anterior bola de fuego; y comprendiendo que le quedaba poco antes de quemarse completamente, lo lanzó como un disco a uno de sus enemigos, impactando en el cinturón de frascos. Como consecuencia, explotó en una llamarada dorada que provocó un beneficioso efecto en cadena. Aprovechando el caos de la superficie de la muralla, su ejercito ganó terreno y pronto atravesaron la primera defensa, rumbo al barrio campesino de la ciudad feudal. Los soldados enemigos supervivientes fueron retrocediendo, utilizando las casas campesinas como refugios.
- ¡Su espada, señor! - Elehar apareció junto a él, aun sobre la muralla. Estaba rematando algunos cuerpos carbonizados que aun tenían fuerzas para respirar. Agarró su extraordinaria espada y ensartó a otro moribundo humano.
- Quemad todas las casas de camino al palacio. - Le ordenó. - Toma esto , lo utilizaremos contra ellos.
Extendió su mano con un cinturón de frascos rojos. Elehar lo agarró con sumo cuidado y se lo colgó sobre su cintura.
- Como ordenes, Aluk`Dhar. - Le contestó el elfo. Entonces recordó algo que debía advertirle. - Por cierto, los humanos portan armas de hierro y plata, creí que debería saberlo.
- Ya lo sabia, puedo olerlo.
- Lo siento, señor, no quería subestimar su fuerza.
- Basta ya de cháchara, sigamos avanzando, aun quedan soldados por las calles, tenemos que evitar que se reagrupen en la segunda muralla.
- ¿Cree usted que dejaran atrás esta parte de la ciudad sin luchar?
- Los humanos son cobardes y traicioneros, sacrificaran la parte pobre para salvaguardar sus bienes en el barrio rico. Aprovecharemos esta debilidad.

- Mi Rey, el enemigo se dirige directamente hacía aquí... - Un soldado de espalda ancha, con su rostro cortado y ensangrentado, se dirigió a la mesa de de generales. A su espalda había dejado un rastro de huellas de barro por el lujoso suelo real hacia el trono.
- ¿Han atravesado todas las murallas de la ciudad? - Preguntó Anthon mientras jugaba nerviosamente con su largo bigote.
El soldado asintió, serio.
Los generales se miraron entre sí. El Rey, sin embargo, permaneció sereno, ocultando su boca con los dedos entrelazados frente a sus ojos.
- ¿Y Galard? - Preguntó finalmente.
- No sabemos nada de él, señor....
Se pudo oír una maldición malsonante y silenciosa de alguno de los generales.
- ¿Que debemos hacer? - Preguntó el soldado, al cabo de un rato.
El Rey se levantó de repente.
- Atacad con todo, evitar que lleguen al palacio.
- Si, Alteza. - El soldado se arrodilló, mientras su Rey le pasaba de largo, andando en dirección a las escaleras. Todos se extrañaron pero nadie se atrevió a decir nada.
Subió las escaleras con paso ligero. Los soldados y sirvientes se aparataban de su camino y le saludaban al pasar, pero este lo les hacia el menor caso.
Llegó a los aposentos del brujo y derribó la puerta con un puntapié. Al otra lado se encontró con el hechicero Arzjah, naturalmente, sentado sobre una viaje silla de madera, con un grueso libro en sus piernas que observaba con interés.
- Saludos, Alteza. - Le recibió sin apartar los ojos del manuscrito.
El rey arrancó el libro de su regazo y lo lanzó contra el suelo con contundencia.
- Vaya, parece que no esta contento con el rumbo de la batalla.
- Déjese de tonterías, brujo. Más vale que haga algo si quiere el lugar en la corte que le prometí.
- ¿Qué haga algo? Pero si ya lo he hecho, mande a sus hombres forjar armas de plata y recuperar las de hierro. Les entregue a sus químicos la recetas de las bolas de fuego. Os informe de todas sus debilidades...
- No me tome por tonto, Brujo. - El Rey le interrumpió y agarró su solapa con fuerza. - Seguro que tiene algo mejor.
- Señor, le he mostrado todo lo que tengo.
- ¿Otra vez me toma por tonto? Vamos, un hechicero no se gana la fama de brujo conociendo la receta de las bolas de fuego.
El Rey le soltó y caminó de nuevo a las escaleras.
- Si quieres su lugar en la nobleza, sera mejor que haga algo antes de que lleguen al palacio. Si no lo hace, moriremos todos.
Y se marchó, cerrando la puerta con un portazo.
El brujo se quedó sentado, dibujando poco a poco una macabra sonrisa en su rostro. Mientras tanto, alrededor de su cuerpo, las sombras se empezaban a concentrar, manifestándose en el mundo físico, como tentáculos de densa oscuridad.

Imparables. Devastaban todo a su paso, como los mismísimos jinetes del Apocalipsis. Galard retrocedía sin poder hacer nada por evitarlo. La espada de plata que había mandado forjar cortaba como ningún otra, pero las armas naturales que el Diablo les había dado a esas criaturas eran instrumentos del mal, que desgarraban la carne y arrancaban las entrañas. Su armadura dorada, antes brillante, estaba manchada con la sangre de sus enemigos y de sus amigos que caían frente a sus ojos. Poco a poco, se acercaban a la última muralla, que protegía el palacio y a toda la plebe (y nobleza, por supuesto) que se pudo resguardar. Pero de nada servía esta protección si lograban atravesar su defensas. Así que, solo había una solución posible. Como sus tropas no podían hacer nada contra un ejercito tan grande y terrible, la única esperanza residía en matar a su líder. Aquel que llamaban Aluk`Dhar.
Es un demonio Pensaba Galard mientras observaba a lo lejos como decapitaba a hombres con sus espadas. Son como prolongaciones de su cuerpo,¿Qué puedo hacer contra algo así? Poco a poco se acercaba hasta su posición, avanzando frente a su ejercito, escoltado siempre por un sanguinario elfo. No. No puedo rendirme. Tiene que haber alguna manera de cogerle con la guardia baja. Observó a si alrededor, buscando algo que pudiera usar, hasta que sus ojos se detuvieron en la pared del arco que atravesaba la muralla que apunto estaba de atravesar. Estaba agrietada y apunto de ceder. Ya lo tengo dijo para sí mientras miraba el frasco de fuego que sostenía en su mano y apretaba con fuerza la empuñadura de su espada.
- ¡Cubrirme! - Gritó, e inmediatamente salió a correr entre el caos de la batalla. Derribó a unos pocos enemigos tan solo con sus brazos, y ensartó a otros tanto antes de llegar a la muralla. Por suerte, su líder aun no había atravesado los muros, así que se dispuso a continuar con el plan. Lanzó con fuerza el frasco contra la grieta de la pared, estallando en mil llamas que por poco derriba la estructura. Aprovechando esto, saltó contra la débil pared, con toda su fuerza, justo en el momento en el que Aluk`Dhar y su inseparable elfo cruzaban por debajo de la muralla sin ninguna resistencia por parte de los humanos. La lluvia de piedras fue mortal para gran parte de las tropas, tanto humanas como no-humanas. El mismo Galard recibió un contundente golpe en el hombro, hundiendo su armadura contra su carne.
Se acercó para ver si su plan había tenido éxito. Apartó un cadáver humano y se asomó por entre las rocas. Allí vio el cuerpo aplastado del elfo, con Aluk`Dhar a sus pies, acariciando su rostro. Al aparecer el elfo le había apartado de la trayectoria un segundo antes de ser aplastado. Galard no pudo hacer otra cosa que maldecir. Inmediatamente, los ojos del abominable líder, se cruzaron con los suyos. Eran verdes como esmeraldas y tenían un brillo sobre natural, ardiendo fruto de la ira. Galard sintió miedo. Un miedo primitivo y desconocido para él.
Aluk`Dhar se levantó. Agarró su espada, que reposaba en el suelo, mellada de tantas batallas. Galard no retrocedió, sacando valor de alguna parte de su interior, y alzó su espada de plata con su mano mala, ya que el hombro de la derecha estaba completamente destrozado.
- Vamos, monstruo, enseñame lo que tienes. - Le provocó antes de ser embestido con la velocidad de una pantera.
Solo podía intuir que estaba siendo atacado por el resplandor de la espada y los golpes que a veces recibía contra su armadura que, por suerte, era de gran calidad y nos sería fácil de atravesar. La espada de su enemigo desaparecía de sus ojos y apenas tenía tiempo para cubrir sus zonas vitales. Comprendió que era el fin. Así que bajo la espada y cerró los ojos. La espada que antes danzaba frente a sus ojos sin ser vista, se clavó en un instante en su estomago, atravesándolo por la espalda. La armadura esta vez no sirvió de nada.
- Sera... tu fin... - Balbuceó Galard, escupiendo sangre al mismo tiempo.
- Humano, eres tu quien esta atravesado por mi espada. - Le contestó Aluk`Dhar.
El humano sonrió y, agarrando la cuchilla de la espada enemiga, se acercó hacía el. Su otro brazo, el del hombro herido, empuñaba una daga, pero ya no sentía dolor, y con un movimiento sorprendentemente rápido rebanó su cuello.

Parte 4: Demonio.

Las estrellas parecen tan calmadas en el cielo, lejos de este caos... lejos de las pasiones de los mortales y sus absurdos ideales...
El Rey de los humanos contempla el cielo estrellado desde la más alta torre de su castillo. Ajeno por un momento a la batalla que se lleva a cabo bajo sus pies. Ajeno a los gritos de dolor y de angustia. Ajeno al sufrimiento de los suyos.
Parece ser, que finalmente, todo esta acabado.
Sus pensamientos son interrumpidos de golpe por un gruñido endemoniado desde el otro lado del castillo. Durante un momento toda la ciudad enmudece. Se deja de oír el relinchar de los caballos, el choque de las espadas y los gritos de dolor. Durante unos momentos, todos los ojos, humanos y no-humanos se posan en una de las torres del castillo. No en la que observa el Rey las estrellas, si no la que esta mirando al este. Aquella que hacía de morada al brujo, ahora completamente destrozada, y ocupada por una criatura nunca antes vista por ninguno de los guerreros. Una bestia de escamas negras y larga cola. De ojos amarillos y grandes fosas nasales humeantes. Afiladas garras y penetrantes colmillos. De cuerpo reptiliano y aura mágica. Una criatura del mismísimo infierno.
Un rugido más. Gritos de terror. Y la criatura extendiendo dos grandes alas para lanzarse en picado contra el ejercito no-humano. Pero es demasiado grande, sus feroces ataques dañan a ambas partes. El Rey solo puede pensar en lo que ha provocado, mientras que el Dragón escupe un aliento de fuego verde que carboniza en segundos los cuerpos de los enemigos.

Un feroz rugido le sacó de la inconsciencia, arrancándolo de golpe al mundo real. Sintió un punzante dolor en la cabeza y un profundo ardor en el cuello. Se palpó con las manos. En la cabeza tan solo tenía un brecha acompañada de un importante hematoma. En el cuello un significativo corte que habría matado a cualquier ser viviente. Sin embargo, sus increíbles habilidades de regeneración habían cicatrizado la herida a tiempo. Una suerte que la posible muerte no fuera inmediata, le dio tiempo a su cuerpo a regenerarse.
Una vez hubo comprobado su estado, buscó de inmediato la fuente del rugido, sin darse tiempo a pesar. No tardo demasiado en dar con él,ya que su tamaño no le permitía ocultarse demasiado. Abrió bien los ojos y se los frotó con energía, buscando asegurarse que no estaba presenciando monstruos oníricos producidos por su delirio post-inconsciencia. Cuando miró esos ojos amarillos no tuvo ninguna duda de que era real. Y por tanto estaba en peligro.
El dragón se percató de que se había incorporado. Soltó el cuerpo medio triturado que masticaba con sus grandes fauces y destinó toda su atención hacia Aluk`Dhar. Le dedicó un rugido ensordecedor e intimidante, pero no pareció afectarle en lo más mínimo. Se limitó a cojear hacía atrás, buscando una posición de cobertura entre los escombros, sin apartar en ningún momento la mirada de los grandes ojos del reptil, que poco a poco caminaba a grandes pasos hacia él.
Y en un segundo, el dragón se volvió un borrón negro que cargo contra él. No pudo esquivarlo, dado su estado, lo único que logró conseguir fue colocar su espada entre los dientes inferiores y superiores de la gran boca del monstruo, que intentaba con una fuerza infernal arrancarle hasta la ultima parte de su cuerpo. Por suerte, su espada esta forjada con artes arcanas y ancestrales, y resistió. Lo que no pudo fue permanecer con los pies en el suelo, dejándose llevar por la fuerza de las alas del Dragón, que se habían alzado y ahora surcaban los cielos. Soltar la espada no era buena idea, ya que la caída sería mortal, y aunque sobreviviera, no estaba seguro de poder regenerar las heridas, y podría quedar inmóvil para el resto de su vida. Así que había que pelear en el aire. Subió al cuello del dragón, para evitar la caída, su espada, sin embargo, no pudo salvarse, y cayó entre los escombros. Desde su nueva aposición intento ensartar la dura escama de la criatura, pero ademas de su resistencia, tenía lidiar con los giros mareantes que trataban de lanzarle fuera de su grupa. Antes de que se diera cuenta, tanto él como su involuntaria montura, habían atravesado las paredes de roca del palacio, y rodaban a lo largo del pasillo que conducía al salón real.
Aluk`Dhar se incorporo a duras penas, mientras, muy poco a poco, se regeneraba algunas fracturas producidas por el tremendo golpe. El dragón también se incorporo, y este parecía ileso. Pero para su sorpresa no se abalanzó hacía él, sino que empezó a menguar su tamaño y cambiar su forma. El joven general de las fuerzas de no-humanos retrocedió, alerta. Frente a sí, ahora, no había ningún poderoso dragón de escamas negras y afiladas garras; solo un enclenque joven de ojos azules cubierto con una capucha. Probablemente sin siquiera fuerza para alzar una espada.
- Por fin tenemos algo de intimidad. - Le dijo, natural y seguro.
- ¿Quién demonios eres? - Le preguntó, sin dejar de bajar la guardia. - No eres humano...
- Muy perspicaz, las cosas que he odio sobre ti no eran exageradas. - Le alagó el extraño - Mi nombre es Arzjah, Hechicero de las Montañas Heladas, para serviros.
- Has intentado matarme, dame una buena razón para no cortate la cabeza en este mismo instante.
- Te daré dos: una, no te servirá de nada, has perdido la guerra, mira un momento afuera – El brujo señaló hacía un gran agujero en la pared del palacio, donde se podía ver como los humanos recuperaban la posición y hacia retroceder al enemigo – Me he encargado personalmente de que sea así.
- No se si te das cuenta, pero ahora tengo muchas más ganas de matarte. - Amenazó Aluk`Dhar mientras agarraba una espada que había entre los escombros.
- Aun no has escuchado mi segunda razón, la mejor de todas: aun puedo hacer algo por ti.
- ¿Y qué sentido tiene eso? - Rió Aluk`Dhar - ¿Por qué ibas ayudar al enemigo?
- Nunca fuiste mi enemigo, soy neutral, yo me muevo tan solo por interés.
- ¿Y que interés tienes tu en esto? No veo que ganes nada.
- En eso te equivocas, soy un científico y un mago, ¿Tienes idea de lo que vale tu sangre? Me ayudaría mucho para mis investigaciones de lo oculto.
- Muy bien, tienes una razón para hacer un trato conmigo, pero aun no veo que me puedes ofrecer tu. - Aluk`Dhar hablaba sin perder de vista todas las salidas, alerta ante cualquier soldado que los viera.
- Claro que sí – Sonrió – como ya te he dicho, soy un mago. Aun puedes dejar tu legado en este mundo, se que lo has pensado, tu semilla en el mismísimo árbol real.
Aluk`Dhar frunció el entrecejo.
- No tengo manera de hacerlo. Aunque pudiera acercarme a los aposentos de la reina sus guardias me machacarían antes de llegar, ni siquiera yo puedo hacer nada contra un grupo de 10 soldados.
- A no ser, que tengas otro aspecto. - Sonrió diabólicamente, el brujo.

Parte 5: Engaño.

El Rey caminaba rápidamente por las escaleras, subiendo y subiendo, esperando encontrar una puerta que cruzar. Lo primero en encontrar, no obstante, fue un soldado, que le miró sorprendido.
- ¿Alteza? ¿Que ocurre?
- Necesito ver a mi esposa. - le respondió.
- Si, Alteza, esta en sus aposentos, arriba.
Siguió, subiendo y subiendo, las escaleras se extendían por delante y por detrás, y su sombra proyectaba formas diabólicas por la iluminación de las antorchas.
Dos soldados más, dos nuevas indicaciones. Y finalmente, una puerta de remaches dorados, que se le abría como a un Rey por uno de sus soldados. Desde su interior le llegaba el calor de la chimenea y el perfume del deseo.
Entró. Una mujer humana, que reposaba en la cama, se incorporo. Sus ojos negros le miraban con familiaridad, a pesar de que él solo veía a una desconocida. Su cabello largo hasta las caderas era negro como el azabache, y tapaban sus hombros descubiertos. Vestía con camisón blanco que dejaba poco a la imaginación.
- ¿Mi Rey...? ¿Ha acabado ya la guerra? - Le preguntó, asustada.
- Si, mi Reina. - Le respondió, a la vez que se acercaba y la abrazaba. Eso pareció sorprenderla. - Todo ha acabado.
- Menos mal... - Dijo aliviada.
Su Rey le agarró suavemente del rostro, ese rostro que desconocía, y acerco sus labios a los suyos. Ambos se sumieron en el éxtasis del momento, y antes de que apagara la llama que se había encendido, la empujo contra la cama, siguiéndola muy de cerca, de manera que acabaron uno encima del otro cuando aun el beso no había finalizado. Su labios poco a copo fueron descendiendo, por detrás de sus manos que dejaban el camino llevándose el camisón con ellas.
Pudo oír un gemido cuando llegó, y un nombre que desconocía pronunciado por esos jugosos labios.

El verdadero Rey, con su reluciente y ostentosa armadura sin imperfecciones, caminaba por el salón real, rumbo hacía el brujo, que descansaba apoyado en una de las pocas columnas que quedaban en pie. Este le miraba con arrogancia y una sonrisa dibujada en sus labios.
- ¿Esta más contento ahora, Mi Rey? - Dijo irónico Arzjah.
- Le daré su lugar en la corte, como prometí. No obstante, no tendrá tierras, eso no entraba en el trato.
- Claro que no, solo quiero el título.
- Bien, entonces. Pero esto aun no ha acabado, vaya a hacer algo, recoja cadáveres al menos.
El Rey se dio la vuelta, camino hacia sus tropas.
- Sin embargo, debe de entregarme algo más señor.
- ¿como...?
Antes de que se diera la vuelta, Arzjah atravesó su armadura y carne con un cuchillo envenenado, las palabras se quedaron mudas en el rostro del Rey. Nadie se había dado cuenta, apenas se había acercado a su víctima y ya estaba en la misma posición de antes, como si un hubiera pasado nada.
- Su vida. - Proclamó, mientras se marchaba, caminando lentamente, dejando el cuerpo inmóvil del Rey que miraba sus manos llenas de sangre. No tardó en desplomarse y en ser rodeado por sus guardias.

Las escaleras quedaban atrás, al igual que el calor de la chimenea y el dulce aroma de mujer. Conforme se acercaba al salón real su aspecto volvía, dejando la mascara de rey para el pasado. Primero sus ojos se volvieron verdes, después sus músculos sustituyeron la grasa, le siguió su cabello enmarañado y al desaparición de las canas. Ya cuando llego al palacio era otra vez Aluk`Dhar, Señor de las Bestias.
Inmediatamente fue rodeado por humanos, todos armados. Pudo ver el cadáver del Rey humano a lo lejos, como era llevado por los criados. Y sonrió, una sonrisa endemoniada y sedienta de sangre. No oía los gritos amenazantes de sus enemigos, ni sus insultos, ni sus advertencias. Solo podía oír la nana de la Dama del bosque, que le cantaba siempre antes de ir a dormir.
Agarró dos espadas del suelo y tumbo de un golpe lateral al primer humano que se atrevió a acercarse. Mientras tanto, solo podía tararear la nana. Todos cargaron contra él, y tuvieron éxito, Aluk`Dhar fue atravesado por decenas de espadas y lanzas, y murió. Pero antes, se había llevado con él todas las vidas humanas que pudo. Los superviviente le recordarían hasta el día en que la muerte se los llevara.

Epílogo

- ¿Así que la Dama del Bosque vive ahí? - Un niño de ojos verdes como esmeraldas señalaba hacía el bosque, desde el carromato que seguía el camino.
- Así es, joven príncipe. - Le contestó Arzjah, el hechicero. - Justo ahí duerme la madre del bosque junto a todas sus bestias, esperando a despertar para reclamar las tierras que les pertenecen.
El niño hizo una exclamación de sorpresa e impresión.
- Cuando sea Rey, Maestro, invadiré sus tierras y tendré el mayor reino que se pueda tener. Conquistare hasta el cielo. - El niño alzó las manos hacia el despejado cielo, mientras sonreía inocentemente.
- No dudo de ello, Príncipe, no lo dudo.

viernes, 30 de julio de 2010

El Mito de Damnatio

Erase una vez un hombre que quería olvidar. Su nombre era Damnatio, y su corazón lloraba todas las noches por un amor perdido. Las heridas no cicatrizaron, permanecieron abiertas, sangrantes, recordándole cada día su perdida y su dolor. No podía vivir así, no durante más tiempo, así que se enmarco en un viaje, un largo y arduo viaje, más allá del horizonte, más elevado que las montañas y más profundo que los mares, donde aun no había caminos y las criaturas de leyendas campaban a sus anchas. Se enfrentó al peligro, tan solo con su coraje y su dolor, dispuesto a morir si era necesario para calmar su sufrimiento.
Su camino le llevo ante la Diosa de la memoria y el olvido Mnemosine, a la que rogó que calmara su sufrimiento. Le ofreció mil ofrendas y le dedico mil plegarias, hasta que la poderosa Diosa cedió y le concedió una solución para apaciguar su alma. Con la canción que era oír su voz le dijo:

Con una espada forjada con el dolor de tu corazón
debes emprender un nuevo viaje, hacia las colinas
infinitas, tan altas que hasta la luna se puede tocar,
y encontrar el Laberinto del Olvido, donde hallaras la
solución a tu dolor.


Damnatio agradeció a la Diosa su benevolencia y comenzó de nuevo un viaje, transitando bastas tierras sin caminos, tan solo con su soledad. Cuando llego al Laberinto del Olvido, su barba ya llegaba hasta el pecho y su cabello sobrepasaba sus hombros.
No se dejo impresionar ante los altos muros de roca y los caminos infinitos del laberinto, tampoco le intimido el tamaño del gran guardián, fundido con la roca por los años pasados. Con su espada afilada con el sufrimiento de un amor perdido ya nada debía temer, así que, sin mirar atrás, atravesó los negros muros de piedra. Transitó los caminos en busca de la promesa del olvido. Giro mil curvas y entro en cien cuevas. Busco y busco durante años, hasta que ya no supo que buscaba. Y entonces el dolor desapareció.

martes, 6 de abril de 2010

Especial

Hay demasiada gente. Voy a llegar tarde. Como me alegro de que ya sea navidad. ¡Eh, cuidado! Mira por donde andas. Vaya culo tiene esta. Que descarado. Joder, que de gente. Maldita sea no voy a llegar. Que vida más triste. Ya se acercan los exámenes. ¡Mierda! Esto esta lleno de vagabundos. Estropean al ciudad. Que pena. Siendo tan joven. Payaso. Tiene razón.

El vao sale despedido de su boca, tratando en vano de calentar sus manos, tan solo cubiertas por unos finos mitones. Sus ojos ensombrecidos por el gorro que cubre su cabeza, miran inertes hacia ninguna parte.
La gente pasa delante suya sin mirarle, desviando sus ojos. El joven lo agradece. Prefiere pasar desapercibido. Ser un fantasma más en las calles de la ciudad. Apoyado contra un muro y arropado por cartones.
Solo quiere ser un vagabundo más.
Pero a veces es imposible pasar desapercibido.
Una mujer de mediana edad le lanza una moneda, que cae lentamente sobre la acera. El chico la observa. Sus ojos inertes caen hipnotizados por el brillo del circulo metálico.
Se levanta.
- ¿Qué haces? - Sus ojos disparan una flecha contra la señora. Iluminados por el fuego de una ira inhumana e incomprensible.
La mujer no sabe que contestar.
- ¿Qué te hace pensar que necesito esto? ¿Es mi aspecto? - Se acerca hacia ella, quien retrocede asustada. - ¿Crees que porque duerma en al calle y vista con lo poco que tenga necesito tu dinero?
La gente comienza a mirar la escena, con morbosa curiosidad. Mientras que la pobre mujer intenta perderlo de vista, pero cuanto más se aleja más grita.
- ¡¿Por qué no me dejas terminar lo que tengo que decirte?! - El grito resuena por toda la avenida. - ¡Creéis entenderlo todo, pero no tenéis ni puta idea! ¡creéis ser almas bondadosas por entregar una mísera limosna! ¡Créeme! ¡Lo se!
Las ventanas de la calle comienzan a vibrar. Las luces parpadean, intermitentes. El mendigo sigue con su feroz grito, cada vez más fuerte, para que la mujer que corre lejos de el pueda oírle.
- ¡Todos sois iguales! - Ahora se dirige hacia a toda la calle. - ¡Puedo oíros! ¡Hay dentro todos sois iguales! ¡Egoístas!
Entonces sale a correr. Empuja a varias personas, disparado como una gacela que esta siendo perseguida por un león. Se desvía por una callejón, sin dejar de empujar ni maldecir. Los ventanales dejan de vibrar y las luces de parpadear.
Silencio. Silencio. Silencio. Silencio. Silencio. Silencio. Silencio. Silencio. Silencio. Silencio. Silencio. Silencio. Silencio. Silencio. Silencio. Silencio. Silencio. Silencio. Silencio. Silencio.
Cierra los ojos y lleva sus manos a los oídos.

El chico se sentó sobre un frío banco de metal, resguardándose del frío tras un árbol desnudo y de corteza negra. Ante sus ojos desfilaban hombres enchaquetados y mujeres tapadas con pieles animales cargando bolsas y más bolsas con el logotipo dorado del Corte Ingles. Sobre sus cabezas, en la fachada de un gran edificio, danzan luces de colores que imitan copos de nieve y una gigantesca figura de Papa Noel, con su trineo y todo. Las narices de los renos brillan intermitentemente con un rojo intenso, que solo le produce dolor de cabeza.
- Se te marean las luces, como dices, ¿Por qué siempre te encuentro aquí? - Una voz dulce le llega desde su espalda, mientras ve extenderse el vao con cada una de sus palabras.
- No para verte a ti, desde luego. - Le responde él, sin dejar de mirar a las mareantes bombillas.
- No digas tonterías, soy la única que te da conversación. - Es una chica, como bien se puede ver una vez apoya sus delgados brazos en el banco, justo junto a la cabeza del chico. Su cabello rubio ondea con su movimiento, muy levemente, pues están cortados como un hombre y tapados por un gorro azul. Sus ojos azules como el hielo le miran, escrutando tras su rostro. Él no corresponde su mirada, de hecho, no suele mirar a nadie a los ojos, normalmente, eso implica oír sus incómodos pensamientos. Sin embargo, esta chica nunca le gritaba sus reflexiones. Algo extraño, ya que últimamente oía a todo el mundo, a todas horas. Hasta el punto de no poder dormir.
- No te equivoques, si sigo viniendo aquí es porque a tu lado siempre hay silencio. El silencio que necesito…
La chica le mira con compasión.
- Al menos podrías decirme tu nombre.
- El nombre solo es un nombre, nada más. No necesitas saberlo.
- Necesito llamarte de alguna manera. Tu sabes el mío, es lo justo. - Le objeta mientras se sienta a su lado. Esta tan cerca que puede oler su perfume. El único perfume que no le hace vomitar. No. El único perfume que puede permitirse oler sin que miles de personas te estén gritando en la cabeza.
- Lo he olvidado.
- Isis, me llamo Isis.
- Muy bien Isis, si insistes, puedes llamarme MK.
- ¿MK? Venga ya, eso no es un nombre.
- Querías un palabra para llamarme, pues ahí la tienes.
- Bueno, supongo que valdrá. - Le tiende la mano enguantada, sin dejar de sonreír. - En este momento me aprietas la mano y dices “igualmente”.
- Prefiero no tocar a nadie…
- Vamos, no seas idiota. - En ese momento, y sin poder hacer nada, la chica toca su mano y la aprieta con fuerza. MK cierra los ojos esperando la oleada de sentimientos, razonamientos, sensaciones y pensamientos. Pero no llega. Solo hay silencio.
- Bueno, no te molesto más MK, ya nos veremos otro día.
- Espera. - Isis se detiene y se da la vuelta.
- Quédate un poco más, me gustaría cerrar los ojos un momento…
Isis le muestra su mejor sonrisa y no tiene más remedio que reconocer su sutil belleza.

Despertó con un millar de voces gritando en su cabeza. Las luces duelen en sus ojos, y los villancicos son tan solo un murmullo entre las miles de voces.
Esta solo. Solo en el frío banco de piedra. Tan solo con las voces que gritan en su mente. Deseos y odios. Pasiones y debilidades. Verdades y mentiras. El chico conocido como MK se levanta, mareado y sangrando por la nariz. Un preciosa mujer con largas piernas protegidas por medias le mira con asco y cambia de acera. Él oye su grito ególatra y soberbio, y lo ignora. Tan solo es uno más en la vorágine de voces.
Se aleja a paso lento, con cierto tambaleo, ahuyentando a todo transeúnte de media y alta clase. Intenta alejarse de las voces. Pero es imposible, nunca se callan. Solo cuando ella esta. Cuando esta junto a ella todo queda en silencio, ni tan siquiera es capaz de oír su propio pensamiento. Parece mentira que un mundo así pueda estar tan tranquilo. Pero cuando ella se va, todo vuelve a ser como antes. Y por mucho que tape sus oídos o cierre sus ojos, esa gente y sus gritos siguen torturándole.
Pero ahora no esta, y debe caminar solo. Hacer frente a su tortura como cada día de su vida ha hecho.

Tendré que darme prisa. ¡No me lo puedo creer! Joder, que frío hace aquí. Creo que me esta mirando. ¿Qué coño esta mirando ese? Eso si que es un tío bueno. Que pesado, podría probar a cerrar la boca. Drogata.  . ¡Mierda! Esta cerrado. Tengo que decirle algo. 1 kilo, con esto me forrare. Necesito un poco más. ¡Maldita sea!

- ¿Qué ha sido eso? - Un transeúnte le miró con miedo y asco. Parecía que iba a responder, pero siguió caminando. MK estaba sentado bajo la fachada de un portal, uno que llevaba años abandonado, con un polvoriento cartel de “se vende”. Sus ojos miraban para adelante, pero no veía la estrecha calle abarrotada de gente. No veía los puestos de perritos calientes. Solo veía personas y sus pensamientos. Buscó el pensamiento que había llamado su atención. Pocas veces se interesaba en lo que pensaba la gente, pero esta vez era diferente.

Es urgente. ¡llego tarde! Por fin. Esta noche es el concierto. ¿Dónde he dejado la mochila? Tan solo tengo 18 años. Va a llover. Estoy congelado. ¿Habré cerrado el coche? Me estoy perdiendo el partido.  Ese tío me mira raro. No va a venir. ¿Quien será? Ahora mismo me comía un bocadillo.

- Detente. - Nadie le escuchó. Sus ojos se movieron por las baldosas y paredes grises. Escrutó cada rincón y cada persona. Todos parecían ser de la misma mierda de siempre. Excepto uno. Sus pensamientos eran indescifrables. Como una emisora captada con interferencias. Y, por una vez, se fijó en las apariencias: Era un hombre alto y corpulento. De cabello rubio engominado y gafas de sol de marca. Llevaba un traje blanco con camisa negra y corbata roja. Un pinganillo negro reposaba en su oído.
- Sospechoso… - Se quedó observando sus ojos ocultos por las lentes negras. No podría saber si le estaba mirando. Y tampoco podía leer su cabeza. Eso lo ponía nervioso, muy nervioso.
Se levanto y comenzó a cruzar la calle.
- ¡Ten cuidado imbécil! - Alguien chocó contra el, le miró y cuando volvió la vista para seguir al hombre de blanco, ya no estaba. Eso no ayudaba nada.
- ¿¡Donde esta?! - Gritó. Todo los caminantes le miraron con desprecio. - !¿A donde coño ha ido?!
Obviamente, nadie le respondió. Se limitaron a seguir su camino.

La noche cayó sobre la ciudad, al igual que la fatiga cayó sobre MK. Después de un día entero aguantando cada sensación y pensamiento sobre su propio ser, estaba exhausto. No tenía la fuerza necesaria para rebuscar en la basura algunos restos de comida. Ni siquiera de mendigar algo. Bueno, mendigar propiamente dicho nunca había hecho. Solo se limitaba a colocar una lata de sardinas vacía frente a sí todo el día, esperando oír entre el griterío de pensamientos una moneda caer. Su propio estúpido orgullo no le permitía suplicar ni rogar a nadie.
Fue a parar hacia el frontispicio de un ruinoso y abandonado edificio. Había cartones colocados de manera que pudieran resguardar del frío a quien se situara entre ellos. Eran de un mendigo que hacía poco había muerto. No tendría problemas para usarlo, ya que al menos por ahora, los muertos no el hablaban desde sus mentes.
Se disponía a introducirse en el pequeño fuerte de cartón cuando una voz le sobresalto desde su retaguardia:
- ¡Hola!
- Isis… - todo se silenció en su cabeza. - ¿Qué quieres ahora?
- Solo pasaba a saludar y… - Sus ojos azules miraron hacia un lado. Sus manos permanecían en su espalda. - … ¡para traerte esto!
De entre sus pequeñas manos pudo ver una bolsa con un apetitoso bocadillo en su interior. Lo cogió sin pensar, guiado tan solo por el instinto de supervivencia. Pudo oler la tortilla y sentir en sus fríos dedos el calor del pan recién hecho.
- No tenías que hacerlo. - Dijo al volver en sí. - Pero gracias…
Isis suspiró.
- Hombre, menos mal, por un momento creí que no ibas a dar ni las gracias. - Volvió a sonreír y le guiñó el ojo. MK se sonrojo y aparto la mirada hacia el bocadillo.
- ¿No deberías estar en casa? Es muy tarde…
- Créeme - Su rostro cambio de repente. Desapareció esa calidad sonrisa y sus ojos temblaron. - Estoy mejor en la calle, ahora.
- Te creo. Se lo que es.
- ¿Lo sabes?
- Si. ¿Acaso crees que no tengo hogar en contra de mi voluntad? Me marche de él.
- ¿Por qué?
- Por qué quise.
- Ya, pero se suele tener una razón.
- No es importante.
- Vamos… Segu…
- Basta - Le interrumpió, colérico. - no quiero hablar de ello y punto.
- Muy bien…
- Y ahora me voy a dormir. - lanzó el envoltorio del bocadillo y se introdujo entre los cartones. - te agradecería que te quedaras un rato, pero haz lo que quieras.
No respondió, pero sabía que estaba ahí por que no podía oír ningún pensamiento en su cabeza. El estomago aun le rugía, como si el bocadillo no hubiera sabido a nada.

Oscuridad. Llego tarde. Frío. ¿Cómo puede dormir ahí? Malestar. Cuidado… El sonido de su propia respiración. Menos mal que aun es temprano. Polvo que entra en su aparato respiratorio. Tos. Carraspeo. Hay alguien ahí… Mejor sigamos para adelante. Sus pupilas dilatadas abiertas. Vamos, que llegamos tarde. Que demonios… Me pregunto si le gustara el regalo. Me esta mirando, estoy seguro. Que sueño tengo… Maldito bastardo, me vengare. Será mejor que desayune.
Amargo despertar. Un día más con sangre en sus fosas nasales y labios.
MK aparta los cartones, dejando que la luz incida sobre él, mientras fuerza sus ojos a acostumbrarse a al amanecer. Se levante, decidido y sacude sus ropas.
- ¡Buenos días a vosotros también! - Grita, sobresaltando a todos los caminantes. - ¡Ja ja ja!
Su risa los trastorna. Eso le divierte, pues por un momento disfruta de los pensamientos de miedo que llegan a su cerebro.




Los pensamientos de repente son sustituidos por un desagradable sonido de radio sin sintonizar, acompañado por un sonoro pitido que perfora su interior. MK cae sobre el duro pavimento, mientras sostiene dolorido su nariz, que no deja de emanar sangre. La gente, trastornada de sus anteriores actos, se alejan de él.
¿Quien es? Eso se pregunta mientras se esfuerza por mirar a su alrededor, hasta toparse con el hombre de blanco del día anterior. Mirando desde sus lentes negras, en un callejón, con una desconcertante sonrisa. Intenta correr hacía él, que desaparece detrás de una esquina. Eso parece aflojar el intenso dolor, y acelera su velocidad hacía el lugar.
Y allí lo encuentra, junto a los setos de un pequeño jardín interior.
- Hola Mikhail, ¿o prefieres que te llame MK?
- ¿Quién demonios eres? - Parece que el desagradable sonido va desapareciendo, y con él también el dolor. - ¿Cómo sabes mi nombre?
- Hemos estado investigado, Mikhail, ¿crees que alguien como tu se nos iba a pasar por alto?
- ¿Cómo yo?
- Sabes de que habló. De nada sirve hacerte el despistado.
- No me has respondido a mi pregunta… - Continuo MK ignorando sus palabras - ¡Responde de una maldita vez!
- No te alteres. - El hombre parecía querer tranquilizarlo. - Solo vengo a ayudarte.
- ¿Ayudarme? ¿¡Con esa mierda de sonido?! ¿¡de donde coño lo sacas!? ¿¡De tu puta cabeza?!
MK cada vez estaba más cerca al hombre, que retrocedía aparentemente tranquilo.
- Vamos, ¿que pensaría Isis si te viera en ese estado?
Eso le detuvo de golpe. Poco después se precipito sobre el suelo cubierto de césped.
- No intentes leerme el pensamiento, ya estoy entrenado para evitarlo.
- ¿Qué le has hecho?
- Nada, estúpido, veo que sigues sin entender nada.
MK seguía en el suelo.
- ¿Entender que? ¿¡Qué hay que entender?!
- Tu poder. Isis. Toda tu maldita vida.
La relación de palabras le sobrecogió.
- ¿Qué tiene que ver Isis con mi poder?
- Nadie puede afrontar tu capacidad solo. - El desconocido daba vueltas sobre él, que no podía levantarse. - Necesitabas a alguien, pero nadie te aceptada. Eres un bicho raro, es normal. Hasta tus padres te rechazaban…
- Cabrón…
- Y de repente aparece Isis. ¿Sabrías decirme cuando al viste por primera vez?
Su propia duda le sorprendió. No recordaba nunca haberla conocido.
- Me lo imaginaba…
- ¡No me creo nada de lo que dices!
- Debes creer. Solo lo hacemos para ayudarte. Isis no te ayuda, es tan solo una puerta de escape de tu tormento. ¿Alguien que bloquea tus poderes? ¡Venga ya!
El sentido de sus palabras iba cobrando forma. Mientras lo analizaba, se dio cuenta que ya podía incorporarse. Lo hizo, y estrello con sus puños al hombre de blanco contra una pared. Este ni se inmuto, se limitó a sonreír. A su alrededor las ventanas temblaban y las hojas de los árboles se agitaban.
- Asúmelo. Isis no existe. Te he estado observando estos días, como hablabas solo, como huías de tus capacidades concentrándote en un ser creado por tu propia mente.
- No…
- Vamos, Mikhail, podemos ayudarte.
Le soltó.
- ¿Quiénes? - Su mirada se perdió en el suelo. Toda la fuerza mostrada desapareció tan rápido como había aparecido.
- Somos una organización que buscamos a gente como tu y le ayudamos controlar sus capacidades.
- ¿Hay más como yo?
El hombre solo asintió.
- Los veras si me acompañas. Y tus preguntas serán respondidas.
La sonrisa de Isis se le apareció en su cabeza. Parecía tan real…
- Vamos. - Le dijo amablemente, apoyando su mano enguantada en su hombro.
Se dejo guiar, hacia donde quiera que fuera ese desconocido sin nombre. Ya le daba igual. Lo único que le ataba a este mundo, lo único que le permitía un poco de tranquilidad… no existía.
Atrás suya quedaban los pensamientos de cientos de personas que les habían acompañado y torturado estos últimos meses.

Que manera de vestir. Hemos ganado, por fin. Han cerrado por vacaciones. Necesito hacer un viaje. Que figuras más bonitas. Ese árbol servirá. He llegado demasiado tarde. Apuntare ese numero. Que peste. Que extraña pareja. Me encanta esta canción. Feliz navidad.

jueves, 25 de febrero de 2010

Luz y oscuridad

Era realmente preciosa. Con su largo cabello albino cayendo sobre sus hombros y sus ojos blancos abiertos inocentemente, mirando con vergüenza a sus nuevos compañeros. Con media sonrisa en sus labios carnosos y rosados. Hipnotizando a todos los chicos. Irritando a las chicas.
A mi me era indiferente. No soy tan materialista. Aunque he de reconocer que sentía cierta… atracción, o algo así. Ese rostro cándido tan inmaculado… escondía algo. Podía sentirlo. Podéis llamarlo precognición o simplemente intuición femenina. Pero fuera lo que fuera, no podía evitar dejar de pensar en ello.
La nueva chica se sentó a mi lado, se llamaba Kuolema, y se mostró bastante agradable y extrovertida. Forjamos una sólida amistad en poco tiempo, y en unas semanas ya solíamos salir juntas. Se la presente a mis amigos y todos formamos un estable grupo de amistad. Tenia una increíble habilidad para atraer a la gente. No se si era su bellaza u otra cosa, solo se, que lo que me atraía hacia ella era algo más profundo, y bastante irracional. No podía explicarlo.


Merka se alza imponente entre sus diminutos peatones. Roza con sus rascacielos el mismísimo Cielo y somete a la Tierra con sus cimientos de cemento y metal.
Megana observa por la ventana. Contempla la nube negra sobre las cabezas de los edificios, atrayendo hacia sí minúsculas partículas negras que irradian cada uno de los seres y objetos de la ciudad.
Sus ojos están apagados. Vacíos. Su cabello oscuro como el azabache cae tapando su ojo derecho y rozando con sus finas puntas sus labios rojizos.
Avanza aun más, hacia la abertura que corta el muro ante sí. Se acerca más y más. Hasta sentir el aire en su rostro. Hasta sentir una punzada en el estomago. Hasta sufrir el impacto de la acera en su rostro.

La chica se despertó con un grito en medio de la noche. Jadeaba y notaba el corazón chocando contra su pecho. Podía sentir la humedad del sudor mojado en su pijama y sobre sus sabanas. La luna le iluminaba el rostro filtrada por el tragaluz.
En ese momento su madre habría entrado en la habitación, corriendo y alarmada por los gritos de su hija. La habría abrazado y tranquilizado mediante susurros llenos de ternura. Pero nadie apareció. Sería otra noche más sin dormir. Otra noche solitaria de pesadillas.
Porque ya nada era lo mismo desde que se fue.
A la mañana siguiente se levanto desanimada, con ojeras que apenas pudo disimular con maquillaje, y con una increíble desgana creciendo en su cuerpo, al pensar que ahora le tocaba aguantar seis irritables horas de aprendizaje. Pero aun así, su voluntad no cedió y emprendió el camino hacia su escuela.
Cuando llegó a clase, Kuolema ya estaba allí, guardándole un sitio.
- Te prometo que algún día seré yo quien te guarde el sitio. - Le dijo con una media sonrisa en su soñoliento rostro.
Su amiga le correspondió con una sonrisa y contesto:
- Cuando te levantes temprano me tendré que empezar a preocupar.
Ambas amigas rieron, sin embargo, en su interior, Megana, sentía la pesadez y desanimo de no poder haber dormido otra noche. No le había contado nada a Kuolema, no quería preocuparla, además no le gustaba tener que contar sus problemas. Se sentía como si estuviera mendigando ayuda.
La clase no tardo en empezar. La pizarra se lleno en un segundo de largas formulas matemáticas y números que danzaban ante sus ojos. Su amiga estaba igualmente ausente, absorta en los dibujos que trazaba en el margen de su cuaderno. El resto de la clase parecía aburrirse de manera similar, así pues, cada uno estaba distraído con lo suyo: un par de chicas cuchicheaban entre risitas al final de la clase, los chicos se pasaban notitas absurdas e inocentes, y alguno que otro dormía sobre la mesa sin esfuerzo por disimular.
Los trazos del bolígrafo de su compañera resonaban en sus oídos, arañando y mutilando el papel. Su mirada curiosa se dirigió hacia la obra que salía de sus manos: un caos de líneas azules representando una ciudad, representando la ciudad donde vivían. Podía reconocer el parque Suite, la torre Steel y su propio instituto. Megana sonrió y preguntó:
- ¿Es Merka?
Pero no obtuvo ninguna respuesta. Su amiga permanecía absorta en el papel, con sus cabellos blancos cayendo sobre la mesa.
- ¿Ka?
Entonces, el timbre sonó, y el ruido de sillas y mesas, junto con el jaleo y la euforia de todos sus compañeros, la hicieron reaccionar. Miró a Megana, le sonrió, y contesto:
- ¿Has dicho algo?
- No, no, nada. - Megana estaba confundida. - da igual
- Bueno, ha tocado ¿Nos vamos? - Le preguntó mientras se levantaba. - Solo tenemos media hora de descanso.
- Si, si, claro, ahora voy, espérame en el comedor.
Así, se quedo tan solo con los dibujos de su amiga, observándolos con curiosidad y cierto miedo. Pues la ciudad representada en el papel era la suya propia, ofuscada por una gran nube negra, dibujada con tanta pasión que había rasgado el papel. Era exactamente igual a la de su sueño.

- Bueno, ¿Saldrás esta noche? He quedado con los chicos para ir a tomar algo.
- No, no lo creo, necesito descansar, no he dormido muy bien. - Su respuesta fue acompañada por un bostezo.
Caminaban entre los ocupados peatones de la gran urbe, que se desviaban apartándose de su camino, de manera involuntaria dejaban un pasillo entre el barullo de personas. Hasta dos jóvenes patinadores, compitiendo entre ellos, se apartaron de su camino, provocando el caos entre los transeúntes, a los cuales ignoraban con risas e insultos.
Las dos chicas, una con el cabello blanco y la otra de cabello negro, se complementaban a la perfección; una siempre sonriendo y la otra con la tristeza en sus ojos…
Un hombre alto de extraños cabellos azules se desvió y rompió con el pasillo que creaban. Sus ojos eran severos, fríos e indescifrables. Chocó contra el hombro de Megana. Notó su fuerza y su fuerte presencia, apunto estuvo de caerse así que le dijo sin pensar:
- ¿Pero a ti…?

El oscuro cielo descendiendo sobre las almas encadenadas de la ciudad. Estrellas que se apagan entre sus tentáculos negros. Sus ojos llorosos, el maquillaje tiñendo sus lágrimas de negro, la sangre en sus manos; donde antes habían estado clavadas sus propias uñas.
Una figura de cabellos blancos frente a sí. Una mirada de muerte, unos labios que susurran palabras; y las sombras, la oscuridad que sigue sus ordenes. Se materializan en formas irregulares que antes fueron humanas. Una de ellas le alcanza con su mano trémula. Siente frió y calor al mismo tiempo. Siente miedo y seguridad, siente…

- ¿… que te pasa? - Su voz fue proyectada hacia el cielo azulado. Su cabeza reposaba sobre las confortables piernas de Kuolema, que acariciaba su cabello. Estaba tumbada sobre un banco, bajo la sombra de los árboles del parque. El canto de los pájaros se oía por todo el lugar.
- ¿Estas bien? ¿Megana, me oyes?
- ¿Qué ha pasado?
- Te desmayaste en medio de la calle. Te he traído aquí con ayuda de un chico, que miedo he pasado.
Notó su rostro mojado cuando la abrazo.
- No te preocupes, estoy bien. - Poco a poco, se fue incorporando, le dolía la cabeza y las manos. Las manos… Estaban manchadas de sangre.
- ¿Qué te ha pasado? Estas sangrando, Dios mío. Espera, tengo tiritas en el bolso. ¿Cómo te lo has hecho?
- No lo se… creo que con mis uñas…
- ¿Has tenido una pesadilla?
- No estoy segura…

Nada más llegar a su casa se tiró sobre su cama desecha. Estaba increíblemente exhausta, pero tenía miedo de dormir. Tenía miedo de volver a ver su hogar ardiendo con llamas negras y a Kuolema con esos ojos que no eran suyos. Pero no pudo evitarlo. Su cuerpo se fue relajando sin que pudiera hacer nada, hasta caer en la soñolencia.
Cuando despertó estaba soñando.
Lo sabia, y por muy pocas dudas que albergara, parecía real. El cielo oscurecido, las partículas ascendiendo hacia la oscuridad, las llamas negras quemando los rascacielos… parecía el mismísimo Apocalipsis. En los alto de uno de los edificios pudo ver una extraña energía que brillaba, como intentando llamar su atención. Como era un sueño, voló hacía allí, con la curiosidad y el miedo como principales estandartes. Y allí lo encontró. El hombre que chocó contra ella antes de que cayera en una de sus pesadillas.
Vestía con un túnica negra, con cremalleras y remaches de refulgente plata. Su cabello azul, de peinado dispar, flotaba como si estuviera sumergido en el agua. Sus ojos indescriptibles se encontraron con los suyos, y sintió como el corazón se le encogía.
- ¿Quién… quien eres? - Su voz sonó rota y cansada.
- Márchate, este no es lugar para ti. - En cambio, la de extraño individuo era seguridad y fortaleza.
- No…
Los ojos del desconocido se oscurecieron y se asemejaron a los de un reptil.
- ¿Es qué no me has oído?
La voluntad de Megana no cedió.
- No me machare, esta ciudad es mi hogar.
- Entonces morirás con ella. - Su mirada volvió a la normalidad.
- ¿Qué le vas hacer?
- Ya nada. Es demasiado tarde. Solo me queda luchar.
- ¿Luchas por la ciudad?
- No.
- ¿Luchas por las personas que aquí viven?
- No.
- ¿Luchas por ti?
- No.
- ¿Por qué luchas, entonces?
- Es complicado.
- Soy muy lista.
- Lo dudo. ¿Si tan lista eres, porque sigues aquí?
- Es mi hogar.
- ¿Seguirás llamándolo tu hogar cuando sea un montón de cenizas?
- ¿ Como sabes que pasara eso?
- Por la misma razón que tu, por que lo he soñado y lo estoy soñando. - Su mirada se lanza contra el cielo. - Mira. Esa oscuridad. Esa grieta que se abre va envolver todo.
- ¿Porqué? Si no eres tu, ¿De quién es la culpa entonces?
Una pausa. Sus ojos en forma de reptil de nuevo. El miedo en su corazón.
- De tu amiga.
Sus ojos sorprendidos. El corazón acelerado. La desagradable sensación en su estomago por que lo sabía pero no quería reconocerlo.
- No… no entiendo…
Se acercó. Amenazante. Le empuja con su mano, que aferra su camiseta fuertemente.
- Despierta de una vez. Tienes que ver la verdad. Esta ciudad esta podrida y tu amiga es la mensajera de las sombras que la exterminara.
- No… Kuolema no es así…
- Idiota.
Da su espalda. Su cabello ondea. Se oye una risa macabra en algún lugar de la ciudad.
- Ahora será mejor que te marches.
- ¿Por qué?
- Alguien quiere verme muerto. Y ya viene.
- ¿Qué.. qué será de Kuolema?
- En cuanto acabe, la destruiré.
- ¡No! ¡No puedes hacer eso!
- ¿Tu me lo vas a permitir?
- ¡Si! No permitiré que la toques… no tienes ningún… derecho…
Sus ojos negros, las sombras rodeando su cuerpo. Un fuerte poder en su corazón.
- Ese poder no es tuyo.
Su imagen se distorsionó, y en un segundo apareció en su espalda. Tan solo bastó un golpe. Un golpe para que cayera y todo empezara a tornarse borroso… vio una luz… y un ojo púrpura…

Despertó en su cama. Fuera ya de extraños parajes oníricos. Miró la ventana y vio un cielo azul y despejado, ignorando su oscuro fin. Se vistió rápido y salió directa a al calle sin desayunar siquiera. Corrió hacia la calle donde vivía Kuolema, se planto frente a su portal y llamó con brío. Nadie contestó. Comenzó a ponerse aun más nerviosa y se sorprendió a ella misma derribando la puerta de una patada. Siguió corriendo por los pasillos, hasta que abrió la puerta de la habitación de su amiga sin esperar encontrarla. Pero allí estaba. De píe, con sus cabellos blancos ondeando por el viento que soplaba desde la ventana. Sus ojos no eran suyos y sus labios susurraban palabras incomprensibles.
-¿Ka?
Su voz la descubrió ante ella, que parecía no verla.
- ¿Megana? Ven aquí, necesitó abrazarte…
Dudó.
- Vamos… ¿es que ya no me quieres?
- Claro… claro que sí… - Se fue acercando, con cautela.
Cuando llego junto a ella sintió el frió de su abrazo. Ya no había calor en ella. Ya no disfrutaba con su cariño.
- Te echare tanto de menos…
Una puerta gigantesca. De marco negro con figuras de seres de todas las existencias en eterno sufrimiento. Ella bajo su sombra, luciendo su perfecto cuerpo desnudo. Riendo. Pero no con su calida y típica sonrisa, rebosante de cariño y complicidad. Es otra clase de sonrisa. Siniestra, oscura… de otra persona.
- He vuelto…
- ¿Quién eres? - Le pregunta Megana. Ella a mira, con sus ojos apagados.
- Megana… ven aquí… tengo algo que enseñarte.
- No. Tu no eres Ka…
- Si lo soy, vamos, acércate….
- ¡¿Qué has hecho con ella?!
- Vamos… - De repente su rostro cambió. Su mirada volvió a ser la de siempre, bañándoos por las lágrimas que llegaban hasta sus labios. - Por favor… tu no te mereces todo esto… tu eres buena persona…
- Ka… - Se acercó. Toco sus manos. Acarició su pelo. Limpió sus lágrimas.
Y la puerta se abrió.

jueves, 24 de diciembre de 2009

Mensaje

El profesor marcaba con su PEN-láser complejas fórmulas en la pizarra de cristal líquido. Números y números danzaban a los ojos de un adormilado Rick, que con su barbilla apoyada en su mano poco a poco comenzaba a cerrar sus ojos. Un fuerte dolor de cabeza le había estado amenazando desde que amaneciera y se levantara para ir a la universidad, y cada vez era más fuerte, tanto, que ya le era imposible atender a las explicaciones de su profesor de física.
El dolor comenzaba a incrementarse exponencialmente y muy rápidamente, tanto que sus ojos comenzaron a nublarse y, sin darse cuenta, su nariz comenzaba a sangrar. El hilillo de sangre caía desde sus fosas nasales hasta su ordenador, manchando las teclas y la propia pantalla. Su compañera, en un giro fugaz de cabeza, lo vio y su expresión de aburrimiento cambio a una de completo terror. Inmediatamente después, se levantó con velocidad, mirando a Rick como si fuera un fantasma y gritando palabras que ya le era imposible escuchar al joven, debido al fuerte pitido en sus oídos que le provocaba el dolor. El resto de compañeros se levantó a su alrededor, con similares expresiones de miedo y alejando sus cuerpos lo máximo posible del cada vez más desorientado Rick. El profesor, controlando su terror irracional, trato de tranquilizar a la clase y marcó las pautas de protocolo que tantas veces se habían simulado. Poco a poco, todo el mundo, fue abandonado la clase; dejando al pobre y confundido Rick tumbado por el dolor en su ordenador.
Paso algunas horas, y entre los destellos borrosos producidos por la jaqueca, Rick pudo ver desde su mesa manchada de sangre, a un hombre protegido por un traje de plástico blanco esterilizado y sin ningún tipo de contacto con el aire del exterior, que se le acercaba y con ayuda de un segundo hombre, le introducían en una extraña camilla protegida por un tubo. No pudo ni moverse ni hablar, pues el dolor de cabeza ya se había apoderado por completo de su fuerza, y solo pudo observar desde el tubo de plástico con sus ojos mareados como le sacaban de la universidad y lo metían en una furgoneta blanca.

Despertó al sentir las agujas taladrando su piel. Todo estaba imbuido por una parpadeante luz azul, que marcaba las siluetas de los hombres con mascarillas blancas que podía ver frente a sí, tan cerca que podía oír sus reoperaciones y ver sus fríos ojos. Trato de hablar, y al ver que no tenía éxito probo a moverse, pero tampoco funcionó.
- Creo que esta despierto. Mira las lecturas. - dijo uno de los hombres enmascarados.
Se puso aun más nervioso, pero eso solo servía para fatigar su mente. Logró vislumbrar su cuerpo después de un gran esfuerzo para dirigir sus ojos hacia abajo, estaba tumbado, sobre lo que parecía una camilla, pero lo peor de todo era que su desnudo cuerpo estaba cubierto por miles de agujas y aun peor era que no lo sentía.
- Pon más anestesia, que no se vuelva a despertar, joder. - dijo otro de los hombres, y fue lo último que oyó antes de volver a caer en el sueño.

Una agradable brisa le despertó, como la suave caricia de una madre. Abrió los ojos y contemplo un techo desconocido, de colores azul y blanco, que le trasmitían una sensación de tranquilidad eterna. Se incorporó, apartándose las ligeras sabanas, casi innecesarias debido a la confortable temperatura que había en la habitación. Al mirar alrededor vio una pequeña mesita de cabecera, un armario abierto con ropa blanca en su interior, y un tocador con espejo con toda clase de instrumentos de higiene, al lado de una puerta que supuso que era el cuarto de baño. Había un segunda puerta entreabierta, desde que la que pudo ver medio rostro asomado, de ojos azules como el cielo.
- Oh, ya estas despierto, perdona si te a asustado. - Le habló la voz amable del chico de ojos azules. - ¿Se puede?
Rick asintió y el joven terminó de abrir la puerta y entro en el habitáculo. Aparentaba ser de su misma edad, con un rostro sin imperfecciones y el cabello color oro. Nunca parecía dejar de sonreír.
- ¿Has dormido bien?
- Si, pero… ¿Quién eres tu? - Rick estaba confuso.
- Ah, perdona mis modales. Soy Kevin, encantado eeeh… . Miro su camisa. - Rick.
Este hizo lo propio y vio que tenia una etiqueta con su nombre.
- ¿Dónde estoy?
- ¿No recuerdas nada?
Su respuesta fue el silencio y una mirada inquieta.
- Bueno, haber, ¿qué es lo ultimo que recuerdas?
- Estaba… creo que estaba en clase.
- ¿Clase? ¿Ibas a la universidad?
- Si… y de repente… me desmaye.
- Aja, pues ahí lo tienes.
- ¿Quieres decir, que estoy enfermo?
- Esa es una palabra muy fea, nosotros preferimos llamarnos malitos - Se hecho a reír.
- ¿Tu también?
- Si, todos aquí lo estamos.
- Eso quiere decir… - el rostro de Rick se transformó con el horror.
- Espera, no te alarmes, tal vez tengas una idea equivocada de…
- Oh mierda… joder… tengo el maldito virus H… ¿Qué voy hacer? Maldita sea… - Rick comenzó a divagar sin hacer el menor caso a su acompañante. Estaba asustado y confuso, todo le parecía como un mal sueño.
- Escúchame, tío, vamos, aquí, mírame. - Kevin le llamó la atención, atrayendo su mirada perdida. - Escúchame, no esta terrible, los medios sensacionalcitas lo exageran todos.
Rick estaba como en sopor, con sus ojos perdido y susurrando palabras desalentadoras.
- Mira, deja que te enseñe un poco el lugar, veras como te animas ¿ok?
Y sin más preámbulos, le agarro del brazo y lo saco de su habitación. No hizo nada para impedirlo, absorto que estaba en sus lamentaciones.

Los rayos del sol se filtraban por una gran cúpula de cristal trasparente, que mostraba el cielo azul y despejado. Todo el entorno estaba climatizado, para que la temperatura fuera lo más agradable posible para sus inquilinos: personas de todas las edades vestidas de blanco con sus nombres inscritos en letreritos. Reían y hablaban entre ellos, como miembros más de la sociedad, como si no supieran que estaban infectados. Rick no daba crédito a lo que veía. Ni campos de concentración ni experimentos, solo había preciosos jardines verdes y bancos de piedra donde sentarse a contemplar el azulado cielo. Nunca había visto un cielo tan puro.
Las pantallas de las paredes mostraban diversos canales de televisión. Kevin le guío entre un grupo de niños que veían dibujos animados, así como entre unos ancianos y hombres de mediana edad que jugaban al ajedrez cerca del lugar. Sin perder ojo a los niños.
- ¿A que no es como te lo habían contado? - Le habló su guía.
- No, desde luego… yo creía…
- ¿Creías que estaríamos encerrados en cámaras diminutas sin apenas poder respirar? ¿Qué nos someterían a torturas y experimentos como a ratas de laboratorio? Anda ya, esto no es una película. Somos seres humanos, y se nos trata como a tales.
- Pero el virus H…
- Solo es un virus, no peor que al gripe. Aquí simplemente se controla que no se propague, y alivian los síntomas más nocivos con medicación. Nada más.
Sintió como el peso que lastraba su cuerpo desaparecía.
- Vamos, vayamos a tomar un helado, veras como así se te quita todo el malestar del cuerpo. Ni el virus H puede con un helado.

Abrió sus ojos. La televisión estaba encendida, con un programa de música relajante, a modo de despertador. Rick se levanto y se desperezo, sin poder evitar sonreír por el bonito día que se veía a través de sus ventanas selladas.
- ¡Vamos dormilón! - La voz de su mejor amigo, Kevin, le llego desde detrás de la puerta de su habitación. - ¡Que las chicas están esperando!
- Ya voy, ya voy - se vistió a toda prisa, intentando ignorar las prisas de su amigo. Estuvo a punto de tropezarse al ponerse los pantalones, y debido a su apremiante amigo, no termino de lavarse la cara.
En unos minutos estaban en los jardines del centro, buscando a ambas chicas, muy nerviosos. Llevaban viéndose unas semanas, pero aun no se atrevían a dar el primer paso, a pesar de que ambas señoritas se mostraban bastante receptivas. Ninguno de los dos destacaba por su iniciativa. Solían bromear con ello a menudo, incluso cuando estaban con ellas. Eran felices con ello, olvidando su enfermedad, como todo el mundo en aquel lugar. No era algo difícil, pues no sentían ningún tipo de malestar y su libertad no era para nada privada, siempre y cuando no abandonaran las instalaciones.
- ¡Allí están! - Kevin gritó, casi eufórico, cuando vio a las chicas tumbadas en el césped, bajo la sombra de un árbol, charlando y riendo. Parecían dos Ángeles con sus largas melenas peinadas y sus vestidos blancos.
Corrieron hacia ellas, y estas sonrieron coquetamente al verlos. También cuchichearon algo, pero fue imposible oírlos desde donde estaban los dos jóvenes.
- Llegáis tarde. - Les recriminó la chica del pelo moreno, Mónica. Sus ojos se clavaron en los de Rick enmudeciéndole al instante.
- Es Rick, es un maldito dormilón- Le respondió Kevin. - Oh, que bien te has peinado Victoria.
Le dijo a la otra chica, mientras removía su melena rojiza. Esta lanzo un gemido y le propino una patada amistosa.
- ¡Idiota! - Le respondió. Kevin se limitó a sonreír.
Ambos se sentaron junto a ellas y aceptaron agradecidos los entremeses que les ofrecían. Los iban sacando de un cesta de picnic, igual a las que utilizaban fuera del centro. En aquel lugar era fácil olvidarse de la enfermedad. Excepto ciertos días. Días como este. Un día normal como cualquier otro hasta que se oye un lejano grito en alguno punta del centro. En este caso el grito se oyó muy cerca.
- ¿ Qué ha sido eso? - Preguntó asustado Rick, el que menos acostumbrado estaba. Sus amigos abandonaron las risas y las sustituyeron por expresiones sombrías.
Al ver que obtenía respuesta, se levanto, dispuesto a dirigirse a la fuente del grito.
- Espera, Rick, no deberías… - Le comenzó a decir Kevin, pero ya había comenzado a andar en dirección a la fuente del espelúznate grito. Cuando llegó, la multitud ya estaba consagrada, y los enfermeros ya habían llegado. Se introdujo en la multitud, apartando a la gente con delicadeza, para ver quien había gritado. Entonces lo vio. A un hombre que no conocía, pero claramente uno de los enfermos. Su cara estaba pálida y sus pupilas dilatadas. Convulsionaba en el suelo y un chorreón de sangre cruzaba desde su nariz hasta su boca. Los enfermeros lo había reducido y ahora le ataban a una camilla. Uno de ellos rogaba a los presentes que se marcharan, mientras dedicaba también palabras de tranquilidad, asegurando que el hombre se pondría bien.
Rick se quedo casi tan pálido como él. Su corazón latía fuertemente y un sudor frío recurría su frente, mientras se decía, al fin al cabo seguimos siendo enfermos.

No salió en varios días. Sus amigos estaban preocupados e iban a visitarles regularmente, pero Rick no atendía sus visitas. Se limitaba a yacer en su cama y a penas comía. Desde aquel incidente, no solo su estado de animo había cambiado, físicamente te sentía débil, y un punzante dolor de cabeza le daba los buenos días todas las mañanas. Estaba asustado y deprimido. Creía que había aceptado su condición, pero este lugar tan maravilloso lo había echo olvidar. Ese era su objetivo sin duda, hacerlos vivir los mejores días de su vida antes de que llegara la muerte. Le habían dicho que el hombre no estaba muerto, sus amigos y conocidos, hasta uno de los enfermeros que intento animarlo. Pero no los creía. Ya no los creería nunca más.
Una de las noches se levantó de su cama, por fin. Fue directo hacia el exterior, tambaleándose con cada paso. Estaba algo aturdido y deliraba debido al dolor de cabeza. No pensaba demasiado lo que hacía. Unas veces estaba buscando el camino hacía su casa, otras huía de los enfermeros, y otras intentaba esconderse de un hombre encapuchado y con guadaña. El dolor fue empeorando por momentos, y sus andares y gemidos ya había alertado a los enfermeros, quienes intentaron tranquilizarle y llevarle de vuelta a la cama. Entonces ocurrió, el dolor incremento increíblemente, explotando en su cabeza, su nariz comenzó a sangrar y sus músculos a ceder. Y gritó. Gritó mucho. Pero eso no menguaba el dolor. De repente cayó sobre los brazos de uno de los corpulentos enfermeros, y comenzó a convulsionar, golpeando todo a su alrededor y gritando sin parar. Finalmente lo redujeron y su conciencia se esfumó. Todo a su alrededor se oscureció y su cuerpo se desplomó.

Un luz. Una voz. Un susurro. Una aguja penetrando su brazo. La sangre emanando de su nariz. Frío. Mucho frío.
Abrió sus ojos. Vio un nuevo techo. Se incorporó, pensando si estaba muerto, pero pronto se dio cuenta de que no. Estaba en otra habitación del centro. Más grande y con otra cama. En ella estaba sentado el hombre que “murió” hace unos días. La idea de haber muerto volvía a transitar por su cabeza.
- Buenos días. - Le dijo. Su voz sonaba cansada y quebrada.
- ¿Dónde estoy? Estoy…
- No, no estas muerto. Pero casi.
- ¿Que me ha pasado? Creo que lo mismo que a ti, te vi dándote un ataque hace una semana.
- ¿Una semana? - El hombre se rió. - Dos semanas y media, diría yo.
- ¿Cómo? ¿He estado durmiendo todo este tiempo?
- Durmiendo no, sedado. Y más vale que te vayas acostumbrando.
El rostro de Rick se puso aun más pálido, si eso era posible.
- ¿Por qué? ¿Por qué esta pasando esto? ¿Es el tratamiento? - Se levantó, incapaz de mantenerse sentado.
Su acompañante rió a carcajadas.
- No digas tonterías, niño, ¿Todavía crees el rollo de la infección?
- ¿Qué quieres decir?
- Que todo es mentira, el virus, la infección, el tratamiento, ¡Hasta este puto lugar! - el hombre se levantó, amenazante. Rick se hecho hacia atrás. - Todo es una farsa para que puedan utilizarnos como conejillos de indias.
Lanzó une escupitajo al suelo. Tenia restos de sangre.
- A mi me queda poco, pero tu acabas de empezar. Vas a sentir la locura en tu cabeza. Entonces comprenderás estas palabras.
El miedo recorrió su cuerpo, no sabía que responder, no sabia que hacer. Tan solo podía quedarse ahí de pie, observando el rostro lleno de arrugas de aquel hombre. Es como si en una semana hubiera envejecido 10 años. Entonces una puerta se abrió. De la nada, como si hubieran hecho un agujero en la pared, se filtro una luz blanca que marcaba la silueta de un hombre con bata blanca y anteojos.
- Paciente número 1456, por favor, acompáñenos y no nos ofrezca resistencia. - Era su número de ingreso. Aquel hombre lo llamaba a el. Cargaba una pistola con sedantes, como si ya supiera que no iba a cooperar.
- Espera, ¿qué esta pasando? - EL joven se acerco a la puerta con las manos en alto, sin representar ningún tipo de amenaza. Pero no fue así como lo entendió aquel extraño hombre. En el momento que alcanzó los tres metros de distancia hacia el, le disparó. Un solo disparo fue necesario para relajar todos los músculos y que cayera presa de un sueño forzado.

- ¿Seguro que esta preparado? - Una voz femenina llego a sus oídos. Intento abrir los ojos, pero los parpados no reaccionaban. Intentó también mover las manos, pero era como si no estuvieran junto a su cuerpo. Solo podía oír.
- No. - Le oyó contestar a un hombre. Reconoció por su voz que era quien le había disparado los sedantes.
- ¿No deberíamos esperar? Puede ser muy peligroso para el paciente. Ya sabes que ocurrió con el 433...
- No puedo esperar más. Ese condenado bicho quiere decirnos algo, y pienso ponerle frente a él a todos los pacientes hasta que nos diga todo lo que tenga que decirnos. Día tras día más infectados aparecen, y eso quiere decir que el alienígena tiene prisa. Pues bien, si quiere ir rápido, vayamos rápido.
- Aun no sabemos si la infección tiene que ver con el extraterrestre. Solo son…
- No diga usted tonterías, señorita Cameron. - Le interrumpió. Su voz sonaba cada vez más alta. - Desde que apareció, no han hecho más que aparecer enfermos, y da la casualidad que las mentes de estos enfermos reaccionan ante los impulsos telepáticos de la criatura. Cuidado. Ayúdame a colocarlo en la silla de ruedas, agarre la cabeza. Así, así, con cuidado.
Rick no sintió nada, pero concluyó que estaba siendo desplazado, ya que el sonido de sus voces cambiaba de posición.
- Buen, usted es el jefe. - Concluyó la mujer, algo reacia.
- Llévenlo ante el Alien.
Si pudiera gritar. Lo habría hecho. Pero solo pudo sentir como su corazón aceleraba y su cabeza comenzaba a doler cada vez más. Un dolor atroz, que hacía desaparecer todo rastro de pensamiento.
Entonces pudo abrir los ojos. Se lamentó al instante de haberlo hecho. Frente a él se alzaba, protuberante y terrible, un gigantesco gusano conectado a decenas de cables, con una boca llena de fauces babeantes que interrogaban al recién llegado Rick. A su alrededor se movían caóticos cientos de tentáculos pegajosos, proyectando un hedor repugnante. Le rodeaban y tocaban, enrrollandose en sus miembros y en la silla donde estaba sentado. El cuerpo del joven solo pudo temblar, y sus ojos cerrarse, sin embargo, se obligaron abrirse cuando uno de los tentáculos escalo hacia su nuca e introdujo una especie de aguja en su piel, hasta llegar al cerebro. Entonces el terror en persona se le presentó, un terror que hizo empequeñecer a aquel incitado por la presencia de tan terrorífico ser.

Esas millares de diminutas luces, separadas por el vacío negro del espacio, tan lejanas pero cercanas a la vez. Cercanas a un fin. Un fin desconocido y oscuro, como la propia materia invisible del universo. Un fin para la vida basada en el carbono, un fin para toda forma orgánica de cada rincón del cosmos. Cada estrella, cada planeta, cada galaxia, se consumen ante sus ojos. Oye los gritos de terror y eterna agonía, sincronizados para cantar un melodía macabra y universal, que hace temblar a las constelaciones. Una melodía manejada bajo la batuta de la destrucción y el sufrimiento.
Miles de especies exterminadas. En el tiempo que sus ojos pestañean, millones de galaxias desaparecen, no sin antes sufrir el mayor de los tormentos durante dos segundos. Dos segundos interminables.
Y entre tanta destrucción, entre el calor abrazante y la sangre del regalo de Dios, vislumbra una gran luz. Una luz más grande y roja que cualquier estrella o galaxia. Con más poder que cualquier agujero negro o blanco. Y más terrible que toda la crueldad del universo. Y lo peor, es que sabe que esta observando.


Sus ojos se abren. El sudor se mezclan con la sangre de su nariz y las lágrimas de sus ojos. Cada músculo, cada hueso, duele como si clavaran mil agujas. Su cabeza parece apunto de estallar, y de repente aquella criatura de asquerosas y terribles características no le parece tan grotesca. Ahora solo, es un ser más del que compadecerse.